La máquina en la mitad del mundo

Foto de ninomilone.tk

Nos hemos establecido durante un mes en Ecuador para dar laboratorios sobre el teatro de objetos documentales y otras formas animadas, a su vez que construimos una versión local de La máquina de la soledad. Hemos puesto en práctica todas nuestras nociones sobre la poética del mueble, recuperando viejos enseres ecuatorianos que se han vuelto co-presencias adentro de este entramado de historias de vida en torno al objeto-carta; historias que comienzan a desbordarse a estas alturas del trayecto.

Las activaciones de nuestro frankenstein postal ecuatoriano serán en:

QUITO. Casa Mitómana. Invernadero Cultural. Viernes 21, sábado 22 y domingo 23.

GUAYAQUIL.Viernes 5 y sábado 6 de mayo. Sala Zaruma del Teatro Sánchez Aguilar, a las 20h30 y 18h00, respectivamente. Las entradas estarán a la venta en las boleterías del teatro.

Gira Latinoamericana de La máquina de la soledad. Primera parada Colombia

Elisa

La llave está puesta. Mardonio la gira, y al abrir la caja ésta se despliega en dos apoyándose sobre el escritorio y formando ante su mirada una superficie suave y roja del tamaño de una carta. Cada mitad, a su vez, es una tapa que lleva a dos huecos íntimos donde están guardados los pliegos y los sobres grabados con sus iniciales, también un retrato, una estampita y la última carta de Elisa pendiente de respuesta. En la parte superior sobre una pequeña hendidura en la madera descansa la pluma y a ambos lados, sendos huecos para encajar dos tinteros chiquitos. Uno está vacío y alberga en el fondo un botón forrado de seda. En el otro un frasquito de cristal con fluido opaco. Lo toma en su mano y lo siente latir ahí dentro, esperando ascender a la punta de la pluma para deslizarse sobre la superficie porosa del papel, disolviéndose por fin, mudando este estado líquido de las emociones por el sólido de las palabras. Lo devuelve a su lugar delicadamente y descubre que en el lateral hay un cajoncito, libera el pasador de latón que lo  asegura y lo abre. Ahí está, lo tiene ante sí, es cierto entonces… escucha los pasos sobre la escalera y cierra rápidamente el cajón, pone el seguro, cierra la tapa, gira la llave y sigue ordenando el escritorio. Entra Manuel y saluda sonriente. Va hasta el escritorio, enciende el quemador de alcohol, calienta el lacre, saca un sobre de su bolsillo y lo sella con el relieve metálico de sus iniciales. Mardonio guarda la carta en el bolsillo interior de su abrigo y sale a la calle. Sus pasos lo dirigen como cada mañana hacia casa de Elisa. Cómo le gustaría aprender a escribir. Siente en el pecho el calor que todavía desprende el lacre del sobre.

Comienza la gira latinoamericana de La máquina de la soledad. Primera parada Colombia. Estaremos en Pliegues 2017. Plataforma de artes vivas y otras teatralidades. Bogotá del 4 al 12 de Abril.

LOS OBJETOS EPISTÉMICOS. Carta de Rubén Ortiz

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Foto de Dalia Huerta Cano

Shaday Larios y Jomi Oligor

Compañía Oligor y Microscopía

Presente

Queridos Shaday y Jomi:

Les escribo esperando se encuentren más descansados después de la gira mexicana de La máquina de la soledad (que a mí me tocó ver en julio, en el teatro El Galeón). Ha sido un largo recorrido desde que la feliz coincidencia de su encuentro dio el chispazo para juntar obsesiones y comenzaran los otros encuentros: los de las cartas, los de sus remitentes y destinatarios, los de las historias del pasado y los oídos del presente, el de ustedes con nosotros. Así, no dejo de pensar en la palabra “serendipia” y todo lo que su sonoridad implica: hallar lo que no se busca, buscar lo que no se sabe; como en el famoso capítulo de Rayuela, cuando Oliveira comienza a enderezar los clavos. La escena del tablón, sudorosa y leve, que deja abrir las revelaciones, que pone al cuerpo de Talita en el más desnudo equilibrismo. Así, ustedes, diría, han pactado con la serindipia, han negociado con su feliz azar para hacer que el tiempo quede fuera de su gozne y comience a decirnos lo que nadie sabe; lo que fue dicho para quedar preso en la tinta y el papel y que vuelve a nosotros a través de sus voces, de sus cuerpos y en la vida de los objetos. Objetos que, claro, no son ustedes quienes los animan, sino que ustedes nos muestran cuánto es que ellos nos animan a nosotros. Nos animan a callar y a decir; nos animan a tener esperanzas, a tirar lazos hacia lo desconocido, pero también a dar contención y guarida a nuestros ánimos.

Tengo una confesión que sólo es para ustedes y que me sobrevino a lo largo de la obra: cuando tenía 12 años me dio por la filatelia. No sé si decir “me dio” es demasiado poco o demasiado mucho. Quiero decir que en esos años ochenta, podías hacerte una colección de timbres postales de todo el mundo semanalmente, en el puesto de periódicos. Recuerdo con vigor la caja-archivo de plástico amarillo, los pequeños papeles engomados con los que podías pegar los timbres al álbum y, no sé por qué, sobre todo la pequeña lupa que vino desde la primera entrega. Viajé mucho a través de los timbres: vi animales en Madagascar o Etiopía, próceres en Latinoamérica y ruinas en Europa. No necesitaba futuro, jamás me prometí viajar a ninguno de esos países pues los timbres, los coloridos objetos con extrañas grafías me daban lo que quería: un mundo para mí.

Aunque, regresando a la serendipia, justo al día siguiente de estar en la obra, me topo con una referencia a los “objetos espistémicos” que casi me tira al suelo pues éstos “parecen tener la capacidad de desplegarse indefinidamente” y son como “cajones abiertos llenos de archivos que se extienden indefinidamente en la oscuridad de un armario”. Y saben dónde hallé la definición?, en una nota al pie! En uno de esos pequeños cajones de las cajas de texto que siempre vienen en letras pequeñas y son como lo que sobrevuela a Don Discurso, pero donde -como decía Margules de los enlaces de la puesta en escena: “se encuentra la ética de un director” (como en los escolios de la ídem de Spinoza!)- se juega el “secreto” del texto. Allí pues, al pie del gran libro de Reinaldo Laddaga (Estética de la emergencia) me encuentro con lo que dice Karen Knorr Cettina, una socióloga austriaca. Supongo que la conocen, supongo que saben lo que sigue, pero quiero respetar las reglas de las cartas y no lanzarme a comprobar si lo saben, preguntándoles en el correo electrónico. En fin, ella dice que estos objetos epistémicos son, digámoslo así, individuos no humanos, son lo que comúnmente llamamos objetos, pero el punto de la socióloga es llamar nuestra atención hacia ellos como “seres que experimentan, sienten, reflexionan y recuerdan”. De manera que nuestra relación con los objetos es una relación hacia los objetos y de regreso. Qué tal? Les suena?

Pero tengo más: saben que he pasado temporadas en San Luis, y que de alguna extraña manera las referencias que van apareciendo en la obra me pellizcan la memoria. Incluso, la referencia final (que no revelaré porque sabemos juntos de cuál se trata), me resulta importante porque allí se instala una pequeña feria de libros usados que hace mis alegrías de buscador de libros. Y miren a dónde llego: cartas y libros usados. Objetos que hablan, pero que dicen mucho más de lo que está escrito. Por ejemplo, siempre busco marcas del lector anterior, y así como ustedes construyen como dedicados joyeros las vidas animadas por las cartas, yo imagino las propias.

Pero, para seguir mi sendero, no puedo dejar de destacar los encuentros que en el trayecto han fincado con todas las escribanas y escribanos con quienes han compartido palabras de aire y tinta, y de quienes han escuchado sus historias y las historias por ellas escritas; encuentros mediados por las máquinas de escribir (tengo sobre éstas, otra historia, pero se las cuento en persona). Tendría sentido, además, detenerme en la calidez del espacio que han construido. Una madriguera para que los 45 invitados, podamos escucharlos contar los pormenores de su investigación, los deslices de la suerte, los alcances de su imaginación; pero además, para que ustedes nos escuchen el asombro, nos miren la risa y nos sientan el silencio interesado en la siguiente peripecia. Así, con la sencillez de la palabra cabal de Shaday y la audacia puntual de Jomi, que me ha sacado -sin querer, así, porque así es él- las mejores risas del año.

En fin, esto es una carta, no quiere ser un tratado, sino un cohete lanzado desde mi playa hasta el taller en que se encuentren, para agradecerles la porfía que mantienen porque nuestras ligeras existencias no queden desamuebladas, magras; su feliz empeño por dar un escenario a la poesía de los pequeños entes que hacen mundo con nosotros.

Ciudad de México, agosto de 2016.

* Esta carta se publicó originalmente en la revista mexicana LA TEMPESTAD en el número de septiembre del 2016

La carta como un acompañamiento colectivo. Iniciativa social-epistolar

Imagina que cumples 93 años y que más allá de la poca familia que pueda hacerte algo de caso, estás aislado, apartado del movimiento del mundo, por la inmovilidad física a la que te obliga el cuerpo, porque vives en un distante pueblo rural y porque hace tiempo que decidiste desconectarte, desentenderte de la complejidad de los actuales medios de comunicación.
Una de las cosas que más te gustaban, era recibir cartas pero claro, ya nadie te escribe, ya nadie lo hace.
El día que cumples 93 una extraña fuerza atraviesa la soledad y fractura la insoportable inmaterialidad de la memoria. Del día a la noche no paran de llegarte cartas, 50 para ser precisos, cartas dirigidas a ti, con poemas, con felicitaciones, con reflexiones de la vida, cartas de gente tanto cercana como desconocida.
Se reactiva una adrenalina física que quisieras detener en el tiempo, que quisieras que se quedara aquí mientras abres uno y otro sobre con el filo del cuchillo. La adrenalina de corroborar que alguien, dos, tres, 50 más, tuvieron por un momento su pensamiento puesto en ti.

Este gesto tramado, vuelto un desplome de cartas, contradice todo apartamiento social y hace emerger una alegría recuperada, productora de vitalidad.
La carta se vuelve un modo de acompañamiento colectivo.
Reaviva su singular función de acompañamiento.
Y vivimos el acompañamiento mediado por un objeto escritural.
Te acompaño con mi palabra desconocida pero sentida y lleno tu día de mi propio detenimiento.

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Manuel de Lea el día que cumplió 93 años

Esta iniciativa social-epistolar existe y la hemos conocido gracias a la carta que nos hizo una espectadora gallega, Lucía Guizán. No sabemos si todavía se lleva a cabo, pero se ha realizado más de una vez en Guitiriz, un poblado de Galicia de 5.500 habitantes, gracias a una idea conjunta de una asociación llamada Lareira de soños (“lareira” en castellano sería el lugar en donde antiguamente se hacía fuego para cocinar, en el suelo), junto con Nova Poesia Guitirica (NPG) y la Sra. Lupe Fernández. Una iniciativa escritural para felicitar a los mayores de 80 años por correo postal. El primero en recibir este regalo fue Manuel de Lea, quien justamente cumplía 93 años, quien para su aniversario recibió esas 50 cartas mencionadas. Se trata de una máquina de la soledad comunitaria que desteje la desolación en distintos grados, para hacer retornar en una escala aparentemente pequeña, el cuidado por los más grandes, e instaurar sin saber muy bien cómo, otras formas de potencialidad mediadas por el objeto-carta.

Gracias Luisa, por hacernos conocer esta iniciativa. Ojalá que nunca se termine, ojalá que pudiera replicarse en otros lugares. Las fotografías que acompañan este escrito, las hemos tomado de la página de Facebook de “Lareira de soños”: Os Vilares, lareira de soños

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Cartas a Sara de Roldán de 94 años

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La Convocatoria de Asociación Lareira de Soños, et.al

Hay objetos que retornan en las cartas

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Jomi Oligor

Esta imagen nos llegó ayer en una carta. Nos fue devuelta después de 20 años de haber sido tomada.

En una extraña elipsis, hay objetos que insisten en retornar, aun cuando no sabías ni siquiera que existían. Por más que te desvíes, ellos te recordarán amablemente o bajo la violencia de su reaparición, en dónde estás, en dónde has estado.

Adentro de los sobres nos pasa eso, afuera de ellos nos pasa eso. Hermosas caligrafías -muchas veces ilegibles- nos confiesan sobre su razón de ser, y nos descubren los matices políticos que puede tener la intimidad, así encubierta, así enfundada, adentro de estas cavernas en extinción.

Las cartas de La máquina de la soledad mantienen su circulación. El encuentro se aviva bajo otra rítmica de las cosas. Gracias por hacer que objetos planos y plenos como éste, retornen a nosotros.

La máquina de la soledad en Zaragoza

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Fotografía de Gabriel Morales

Si estás en España y todavía no has visto nuestro trabajo sobre el objeto-carta, podrás encontrar instalada esta máquina de memorias y mecanismos en el AL! Festival de Zaragoza.

El 30 de septiembre, el 1 y 2 de octubre a las 19 hrs. Estaremos en una vieja peña de la ciudad PA’CUTIO.

Si quieres más detalles, escríbenos que te responderemos de inmediato.

Flor y Urbano. Afectos y alfabeto morse

Urbano y Flor 2_FotorMaría Flor Martínez Caballer y Urbano Fernández Lazcano son un matrimonio de telegrafistas jubilados, que se conocieron en la Sala de Aparatos de Telégrafos de Madrid, en el edificio de Cibeles. Ambos son magníficos morsistas y hasta el día de hoy, recuerdan las claves de aquél código que ha sido el eje de sus vidas.
Flor Fernández es hija de este matrimonio, ella trabaja en Correos de España dentro de la sucursal de Valencia; Flor creció rodeada de los sonidos de este oficio, vueltos un acompañamiento cotidiano dentro de una casa de telegrafistas. Así lo escribe Flor:
“Somos una familia unida por el Alfabeto Morse, y que a lo largo de la vida de todos siempre estuvo presente el telégrafo. Para mis padres fue su vida y para nosotros, al principio, era algo como mágico. Cuando mi madre y mi padre en alguna comida se comunicaban por morse con la cuchara, para mi hermana y para mí, aquella especie de música de puntos y rayas que se convertían en palabras, nos parecía magia. Además nos permitió vivir en una familia con un oficio que generó independencia económica para mi madre, una alta autoestima y una amor enorme por sus profesiones.”
Transcribimos fragmentos de una entrevista que le hicimos a Urbano Fernández para La máquina de la Soledad.

Hijos, padres, abuelos del telégrafo.
“En total estuve 46 años trabajando, hasta enero del año 2000.
En mi vida el telégrafo lo significó todo. Y aquí hablo por mí y por mi mujer. Fuimos hijos del telégrafo casi desde que nacimos, luego hemos sido padres y abuelos del telégrafo.
Desde muy jóvenes empezamos a aprender el sistema morse para comunicarnos. Las mujeres no podían optar a las plazas cuando tenían más de 24 años, y las plazas eran muy reducidas así que empezaban a prepararse desde muy jóvenes.

Para nosotros significó, que sin haber tenido estudios superiores y con una escolarización muy precaria, podías tener acceso a un trabajo que estaba muy reconocido.
El casarme con una telegrafista fue un anécdota que me ha acompañado durante toda la vida. Luego ha habido miles de vivencias, desde las reivindicaciones salariales que hicimos durante los años del franquismo para tener un salario en función de las horas extras que nos pedían que hiciéramos, hasta cuando vi el primer difunto al llevar uno de mis primeros telegramas de pésame con 14 años, que quedé muy impresionado porque no había visto ninguna persona muerta antes.

Como empecé a trabajar en un pueblo con un importante puerto de mar al que llegaban muchos barcos de carga de carbón procedente de las minas de Asturias, pasaban por allí muchos marineros, y venía a menudo un capitán que siempre mandaba al llegar un telegrama a su familia diciendo que estaba bien. Entonces los telegramas se pagaban por palabras y había un mínimo de 4 y él se las ingeniaba para con sólo esas 4 palabras enviar su mensaje.

El día que más telegramas había durante todo el año era el día de San José para felicitar a los padres y a los José. Por esta razón a los telegramas los llamábamos universalmente, al menos en España “pp”, es decir, “pepes”.

En aquellos momentos la telegrafía era el sistema de comunicación más rápido pero como mínimo un telegrama tardaba de 8 a 10 horas en cruzar España, pues tenía que pasar por muchos enlaces hasta llegar al destino final, atravesando por los nudos de comunicaciones que había en aquel momento. Había telegramas que iban punto a punto, es decir, que iban directo dese una estación telegráfica a otra y esos eran más rápidos, pues no tenían enlaces intermedios.”

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El aparato en casa de Flor y Urbano

Intermediarios de la intimidad
“Desde el principio hacías un juramento del secreto de la correspondencia, y en la legislación telegráfica el secreto de la correspondencia era inviolable. A mí me preguntaban mucho en San Esteban algunas chicas por cuándo llegaba un barco determinado en el que estaba embarcado alguna chico que les gustaba. Nosotros normalmente lo sabíamos, porque había telegramas anunciando las llegadas entre los armadores y los consignatarios de los buques para que salieran los prácticos a buscarlos a la entrada de la ría, pero nosotros no podíamos decir nada, porque los textos de los telegramas eran secretos.

Llevabas una vida que a ti mismo te afectaba, cuando llevabas un telegrama después de un temporal que decía llegamos bien y cuando lo veía la familia que esperaba ansiosa esas palabras te recibían entre abrazos y alegría, era imposible que no te contagiaran de ese estado de ánimo. O como recibían los giros con dinero que les enviaban los maridos desde Barcelona que andaban como marinos por toda España.

También llevabas noticias malas y nosotros ya sabíamos lo que decía el telegrama pues los recibíamos y los preparábamos nosotros. Cuando era así y te preguntaban que decía el telegrama, normalmente decías que no sabias, que no lo habías leído y salías zumbando.”

La maquinaria viva
Flor y Urbano aún conservan un aparato, con el que hacen sonar de vez en cuando una transcripción, testigo de su “amor morsista.” El aparato férreo resiste como una reliquia de las telecomunicaciones, es una maquinaria que condensa el deseo primigenio de la premura y el acortamiento de distancias, es un aparato-raíz de la velocidad y la potencia del secreto. Todavía funciona, como funcionan algunas cuantas oficinas de telégrafos en el mundo, el artefacto sigue vivo para los Fernández Martínez, es un miembro especial que quizás sobreviva indefinidamente, dentro de esta familia originada por un cruce de destinos en la Sala de Aparatos.

La máquina de la soledad llega a Guadalajara

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Foto de Gabriel Morales

Nos vamos con La máquina de la soledad hacia Guadalajara, Jalisco. Haremos sólo tres activaciones en el Teatro Experimental Viernes 29 de julio, 20:30 Hrs. y Sábado 30 de julio, 18:00 y 20:30 Hrs.

¡Ahí vamos, con todo el micro museo a cuestas, hacia tierras jaliscienses!

Los boletos se pueden comprar de forma anticipada, dándole click AQUÍ No lo dejen pasar, que sólo caben 46 personas por vez.

Las últimas 4 activaciones en Ciudad de México/ 35 aniversario del CITRU

No sabemos cuando volveremos por la Ciudad de México.
Pero todavía nos quedan cuatro activaciones más de “La máquina de la Soledad” en el Foro de las Artes (Centro Nacional de las Artes). Formamos parte de la programación del 35 Aniversario del Centro de Investigación Teatral “Rodolfo Usigli”.
El acceso es gratuito y las entradas se reparten una hora antes de la función. Sólo cabemos 50 y no podemos hacer nada para reservar, así que la mecánica consiste en hacer fila con tiempo para poder entrar. Jueves 21, viernes 22 y sábado 23. Aquí vamos, con toda la mudanza de memorias que ha atravesado el Atlántico para poder estar aquí. Puedes consultar más detalles de las activaciones, dándole click aquí: http://www.citru.bellasartes.gob.mx/2016/729-35anoscitru.htmlcarteros

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