Micropaisajes documentales de Bogotá

Activar La máquina de la soledad en Bogotá dentro de la Red de Artes Vivas 2017 (Despliegues) intensificó en muchos sentidos el proceso de nuestro teatro de objetos documentales. Por un lado, dada la imposibilidad de viajar con todo lo que conlleva nuestra pieza, decidimos emprender una adaptación in si tu de las poéticas del mueble en las que solemos condensar las memorias postales; y por el otro, trabajamos con un grupo de 20 estudiantes de artes escénicas de la Universidad Pedagógica Nacional de Bogotá en la búsqueda de historias locales relacionadas con el objeto-carta. Esta modalidad de práctica colectiva y emergente le dio otra fuerza al dispositivo objetal. Durante dos semanas operamos una red de movimientos para agilizar un trabajo de campo en la ciudad. Nos dedicamos a buscar muebles usados en bodegas de barrios lejanos y a reconstruir con ellos una nueva disposición del archivo escénico, mientras nos reuníamos con cuatro grupos distintos de colaboradores-estudiantes que eligieron a su vez líneas investigativas distintas: escribanos, carteros, historias de correspondencias encontradas, historias personales con las cartas, cartas abiertas.

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Reconstrucción

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Estudiantes de la Universidad Pedagógica Nacional de Bogotá

Decidimos trabajar junto con ellos en el concepto de micropaisaje documental, condensando los datos que cada grupo había encontrado en un micro-espacio, una suerte de “caja paisajística” que lo representara y que pudiera integrarse a La máquina de la soledad en su versión bogotana. Uno de los grupos se encontró con el escribano amanuense Don Óscar Montero en el mercado de pulgas “San Alejo”; gracias a su iniciativa conocimos algo de la historia de vida de este singular escritor de cartas y acrósticos. Un hombre que suele ir caracterizado con su sombrero de escribano, su pluma, su capa y que es ya una figura clásica de tal entorno urbano dominical. Ahí suele colocar su gran escritorio y se hace rodear de todos sus papeles que nos muestran su minuciosa caligrafía. Los estudiantes lo entrevistaron en un café y así supimos un poco de qué modo se movilizan sus sensaciones al escribir como si fuera otra persona, como él decía, a veces su trabajo consiste en hacer una especie de caracterización escritural de alguien que no se es. Don Óscar asistió a ver La máquina de la soledad y ahí los estudiantes le regalaron frente al público el micropaisaje que recreaba su espacio de escritura en miniatura, como un homenaje a su trabajo y sus años en el oficio.

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Don Óscar con los estudiantes y su micropaisaje. Foto de Ninomilone.tk

Otro de los grupos decidió trabajar sobre la idea del “archivo muerto” o “cementerio de cartas” (el lugar a donde van las cartas que nunca llegan a sus destinatarios y que no son recuperadas por sus autores), debido a que un filatelista al que entrevistaron les prestó una carta que nunca fue entregada a su destinatario, quedándose también sin dueño. Se trataba de la carta de un joven migrante colombiano que en la década de los sesenta se había ido a trabajar a Estados Unidos y en la que narraba lo mal que le iban las cosas. Aunaban esta historia a un relato del escritor colombiano Gabriel García Márquez “El cartero llama mil veces. Una visita al cementerio de cartas”. Con estos elementos construyeron una pequeña oficina de cartas abandonadas adentro de un buzón, y a un lado se colocaba la carta prestada.

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Cementerio de cartas adentro de un buzón. Foto de Ninomilone.tk

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Cementerio de cartas adentro de un buzón. Foto de Ninomilone.tk

Los otros dos grupos se entregaron a vivencias más personales. Uno se dedicó a recuperar la memoria de las primeras cartas que se escriben en la infancia, las cartas a los Reyes Magos o “papá Noel”; crearon un micro-espacio con juguetes, objetos y fotografías que tenían que ver con esas escrituras. Las 6 chicas restantes le escribieron cartas abiertas a las casas más importantes de su infancia e hicieron un micropaisaje con una casa de juguete y varios restos, escombros de casas bogotanas abandonadas. Tuvieron esta idea porque en una de sus derivas por el mercado de pulgas, se encontraron con una serie de fotografías antiguas que retrataba distintos momentos de una misma casa bogotana. Al final la gente podía recorrer las instalaciones de La máquina de la soledad como si fuera un museo reducido y precario y así observar de cerca estos trabajos acoplados a los que conforman el resto de la pieza.

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Micropaisaje de cartas de la infancia. Foto de Ninomilone.tk

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Micropaisaje de cartas abiertas a las casas bogotanas. Foto de Ninomilone.tk

Con la creación casi colectiva de estos diminutos lugares cargados de afectos, impulsados por nuestras reflexiones hacia el objeto-carta, pudimos entender en algo cómo la máquina puede llegar a constituirse como un sitio de encuentro dentro de sus límites, un dispositivo que provoca agenciamientos diversos del hecho escritural y que trasciende su ser espacio de representación para consolidarse como “mecanismo autopoiético” (como ya algunas veces nos lo han señalado). Esto es, maquinaria que muta y se re-activa con cada nueva retroalimentación local.  Gracias a todas y todos los estudiantes colombianos, tan plenos de sentido crítico, tan comprometidos con la realidad política de su país y además con mucha fe en las posibilidades que tienen las artes escénicas y las experiencias performativas como catalizadores de la transformación social. Y por supuesto, gracias a las organizadoras (Claudia, Miguel Ángel, Melisa, Eloísa, Zoitsa, Alejandro,  y Sofía) de la plataforma Red de Artes Vivas por permitirnos tener esta profunda vivencia.

Microuniversos para la complicidad y poesía por Bertha Díaz

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Fotografía de Carol Ros

Publicado el 29 de mayo del 2017 en Cartónpiedra suplemento cultural Guayaquil, Ecuador.

Hace algún tiempo escuché hablar de Shaday Larios, una artista y pensadora mexicana que lleva un proyecto llamado Microscopía Teatro. Me estremecí solo de pensar en lo que cabía en el nombre de su proyecto, de imaginar cómo la idea de micro abría una posibilidad enorme para las prácticas escénicas. El teatro, que en nuestro registro habitual existe como un gran contenedor al que asistimos para generar el acto de contemplar y de convivir de otro modo, repentinamente, en la versión entendida y erigida por Shaday, me permitió desplazarme a otras modalidades de encarnar la idea de contemplación. Y esto, porque lo micro inmediatamente me hizo pensar en la necesidad de concentrar la mirada. El verbo enfocar apareció: un teatro en donde hay que provocar físicamente un enfoque particular de la realidad, en el que debemos enfocarnos nosotros mismos, pensé.

Así, desde ese entonces, imaginé que Microscopía implicaba una invitación a ponerse en una particular disposición corporal para observar a pequeña escala el todo. Y, con ello, una apertura para indagar todo con otra disposición que —sin duda— sería capaz de generar un estado particular de sutileza, de encuentros.

Su investigación teatral me inquietó aún más antes de llegar a enfrentarme físicamente con esta, al saber de su interés en Tadeusz Kantor (1915-1990), el artista polaco al que tanto le debe la escena contemporánea. Y claro que era evidente su filiación con Kantor, porque ya había leído que su proyecto tenía un énfasis en la búsqueda de la condición documental de los objetos, en las miniaturas y los juguetes. Para el autor polaco de cuya constelación sensible forma parte Shaday (y por supuesto, también Jomi, de quien hablaré más adelante y que es fundamental para este relato), el objeto jamás podía ser entendido como un elemento que sirve de ornamento para la escena, sino como un material con memoria, que ofrece ante quien llega a él las marcas de su trayectoria, los ecos de su uso, unos afectos particulares que ha acumulado.

El objeto, como lo entendió Kantor y como lo habilitan también en su práctica Jomi y Shaday, es un elemento para desarrollar un ejercicio íntimo de escucha, de puesta en valor del ánima de lo que caprichosamente consideramos inanimado y que también remueve desde ahí nuestra condición de seres que activan otras capas de la propia existencia.

Seguidamente, me enteré de que Shaday y su compañero, Jomi (de los Hermanos Oligor, colectivo español), habían comenzado su primer proyecto juntos: La Máquina de la Soledad. Un nombre de innumerables despliegues de sentido, lo que me hizo suponer algo adicional en relación a ellos: que guardan una relación también sutil y profunda con la palabra, en tanto objeto que abriga varias capas de memoria.

Al fin, después de 3 años de movimiento con este trabajo que recoge estos principios ya anotados antes, llegó esta Máquina poética a Ecuador, gracias a una gestión de Casa Mitómana, Invernadero Cultural, en Quito. Y en Guayaquil por una alianza entre la Universidad de las Artes y el Teatro Sánchez Aguilar.

Una serie de correspondencias de una pareja mexicana generadas a lo largo del año 1900, y adquiridas en un mercado de antigüedades por Jomi y Shaday, funciona como detonante de este proyecto escénico. Estos delicados objetos muestran tanto su fragilidad como su potencia y es esa doble condición la que los vuelve tan inolvidables. Es decir, por un lado revelan el paso del tiempo por su materialidad, mientras que por otro son capaces de mostrar una historia concreta de dos personas, pero también la historia de una ciudad, de una época, y unos códigos que abrazan formas concretas de comunicarse.

Estas cartas, conjuntamente con otros varios objetos relacionados con el universo del correo postal, de los viajes, de los encuentros y los desplazamientos, constituyen este proyecto escénico. Muchos de ellos han llegado por diversas fuentes a Jomi y Shaday, mientras que otros los han construido o re-construido; es decir, ellos han permitido —desde una labor artesanal— su arribo a este territorio. Los artistas operan los agenciamientos poéticos entre estos objetos, pero también actúan como testigos de su memoria y portavoces de la misma.

Desde la escena este ensamblaje fascina e invita a estar en un presente pleno que, curiosamente, así como activa la memoria, permite olvidar la construcción cultural de tiempo. No hay antes ni después mientras esta Máquina se enciende, todo es presente intensificado. Las cartas de 1900 hablan hoy. De hecho, parecen haber sido escritas para que el hoy se pueble de matices que estaban esperando ser revelados.

Los escribientes de esas cartas —Manuel y Elisa— se mueven con nosotros, los espectadores, enseñándonos otra vez el lenguaje de la intimidad. La lectura de estas cartas, hecha por Shaday y Jomi es una lectura del amor, de nuestras latentes capacidades de amar, de una particular forma desde la que podríamos intentar tocar los objetos, de modos posibles que pueden inventarse para hilvanarnos, para estar juntos…

Se trata —entonces— como decía en una descripción de La Máquina de la Soledad, de un homenaje al objeto carta, pero también de una obra sobre el reconocimiento de la espesura del instante presente, gracias a la observación y escucha de los objetos que lo articulan y arrastran su propia fuerza a través del tiempo. Asimismo, podría decirse que se trata de un montaje para aprender a hablar reconociendo que detrás de estas palabras hay varios vocabularios antiguos que laten y claman por ser develados. El vocabulario que Jomi y Shaday han des-cubierto a través de los objetos, porque seguramente es el que los constituye, es aquel de quienes aman y creen en otras correspondencias posibles con la vida.

La obra, entonces, también se vuelve un montaje sobre los dos artistas, Jomi y Shaday, quienes con nosotros, pero —además— con cada ciudad en la que esta vuelve a nacer (siempre hay marcas, historias, objetos recogidos de los lugares a los que llega esta Máquina, que se incorporan en ella), tejen su propia memoria en el discurrir de la pieza. Y nos invitan a ser parte de ella. Así, repentinamente, somos parte de su escritura, y de una escritura colectiva que, a la vez, provoca la aparición de una técnica de auto-re-escritura de quienes asistimos a este acto.

Hay que decir que uno —secretamente— en la activación de esta máquina va compartiendo sus objetos, incluso si no los lleva consigo físicamente, y comparte así la silenciosa pero carnosa soledad que estos han alimentado en sus tránsitos. Esta máquina es un artefacto para depositar las soledades y darles un hogar cálido y amable. Poco a poco, una complicidad va emergiendo de la mano de este dispositivo poético. Y una comunidad se configura en esta brevedad inmensa de la obra. «Pasan cosas extrañas entre las cartas y nosotros», se dice desde la escena en algún momento… Y ese nosotros nos incluye como espectadores. En esa bella extrañeza nos reconocemos y no queda más que celebrar el acontecimiento del que somos parte

Los destinos inusuales

IMG_3298Hace tiempo nos llegó una carta de Andrea Díaz Reboredo con la fotografía del buzón aislado que aquí se observa. Transcribimos su historia: “Se trata de un buzón de correos que encontré en Letonia. Lo que tiene de interesante, es que debió de pertenecer a una casa cuyo nombre era Putni, pero la casa ya no existe y el buzón ha quedado solo en medio de un prado infinito lleno de árboles. Putni significa en lengua letona ‘pájaros’. Así que de alguna manera, este buzón se ha convertido en el destino de todas las cartas que algún día alguien escribió a estos bellos animales alados; a un cuervo, a una golondrina o quizás a una urraca. Sería una bonita idea instalar buzones como este en nuestros pueblos y ciudades, con destinos inusuales.”

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Dibujo de Andrea Díaz Reboredo

Los buzones con destinos inusuales que menciona Andrea -a propósito de esta caja con nombre que se quedó sin casa- nos llevaron a pensar en la creciente cantidad de proyectos actuales que tienen el objeto-carta como protagonista, como vehículo para encontrar otros modos sin celeridad para relacionarse con los demás, que atienden, como ella dice a “los destinos inusuales.” El instante de auto-introspección que nosotros llamamos “máquina de la soledad” potenciado con el fin de abrirse después a una experiencia intersubjetiva casi extinta. Pero las cartas están volviendo o más bien, las cartas nunca se fueron, las cartas persisten, y aunque en sí mismas son inusuales, nuestra necesidad afectiva contemporánea volcada hacia una compleja “ética del cuidado” y otras manifestaciones de empatía, se deja evidenciar en distintas dinámicas epistolares incitadas desde lo artístico. Ellas son capaces de constituir una zona de encuentro escritural individual y colectivo, que nos devuelve un sentido de cohesión en medio de nuestra cotidiana fragmentariedad comunicativa, que nos devuelve la posibilidad de practicar nuestro ser discursivo-afectivo mediado por las cualidades de la extensión y la lentitud. Las cartas son entonces en cierto modo, entidades rebeldes a la inercia que pugna por disolvernos en la vorágine de las relaciones automáticas, de los pensamientos acortados cansados por la vastedad de datos o por atender varios interlocutores y ventanas abiertas  a la vez; pensamientos y/o sentimientos que suelen reemplazarse  con “emoticones”, nuestra simbología contemporánea de la brevedad, de la homogeneidad.

Algunos espectadores de La máquina de la soledad, o seguidores de esta página, son quienes nos han llevado a conocer prácticas postales que tienen que ver con los destinos, con los destinatarios inusuales. Por ejemplo, el artista visual Herón Trejo Mendoza nos dio a conocer el proyecto de la también artista japonesa Saya Kubota, Missing Post Office (2013) llevado a cabo en una vieja oficina de correos recuperada en la isla de Awashima y que formó parte de la Setouchi Triennale. Ahí cientos de personas de todo el país envían cartas a personas fallecidas o personas de paradero desconocido y otro tipo de misivas extraordinarias. La oficina se abre dos veces al mes y es atendida por  quienes solían trabajar en ella. Las cartas llegan a los buzones del sitio y después se exponen para consulta y visibilidad pública. Ahí la gente se reúne para leer y ser leídos, para compartir la ausencia por un tiempo acotado.

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Missing Post Office

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Missing post office

Recientemente nos contactó  la creadora española Carmela Mayor para compartirnos su proyecto Práctica Greeting las cartas de agradecimiento como práctica social.  Como ella dice, su búsqueda surge para  “dar relevancia y recuperar del anonimato las historias de aquellas personas que por alguna razón merecen el agradecimiento del otro. Historias desconocidas por pertenecer al ámbito de lo doméstico y de lo cotidiano y que sin embargo tejen fuertes vínculos afectivos entre los individuos y son el verdadero motor de la sociedad” (si quieres saber cómo participar entra en la web marcada en azul dentro de este párrafo).

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Greeting realizado por Ana-Luisa Ramírez en Práctica Greeting

Charo Gaztelacuto nos hizo conocer el proyecto The letter writting project del artista Lee Mingwei, una instalación con escritorios y materiales de escritura que invita a los visitantes a escribir las cartas que siempre han querido redactar pero que nunca han consumado. Estas cartas pueden o bien quedarse en la instalación para que otros visitantes las lean y motiven otras escrituras, o pueden ser enviadas a sus destinatarios desde este pequeño museo. El proyecto lleva varios años así que su archivo de experiencias es grande.

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The letter writting project

En general, parece que el destino inusual en todos estos proyectos  es también el de quien escribe, al concederse el tiempo-espacio para escribir una carta a través de la provocación de estas obras.

Es posible que tú también conozcas algún proyecto semejante, si después de leer esto lo quieres compartir en los comentarios de este post, nos gustará muchísimo saber. Una vez más agradecemos a los espectadores y seguidores de nuestro proyecto por confirmarnos que tiene una resonancia con nuestro tiempo.Y muy especialmente gracias a Andrea y su buzón para pájaros por encausar esta reflexión.

La máquina de la soledad en Tecate

BUZÓN TECATEEstamos en una bodega del Centro Estatal de las Artes de Tecate, en la faldas del sagrado monte Cuchumá, reconstruyendo el tejido de materia mnémica para encender nuestro teatro de objetos documentales en este lugar de piedras y buzones en forma de casa.

El viernes 19 de mayo haremos una doble activación.

18 hrs y 20:30 hrs. ForoExperimental del CEART

Admisión 150 pesos. Cabemos solo 46.

El frankenstein está casi listo para mostrar su vitalidad en el Tercer Festival del Día Mundial del Teatro.

Rosendo el “tipeador”

RosendoEn uno de los miles de portales que cubren de la intensidad solar a los guayaquileños, está instalada la oficina de Rosendo Ernesto Faggioni, escribano o “tipeador” -como le dicen en la ciudad- de 81 años de edad. Nos contó que a pesar de sus años, se ve obligado a trabajar porque no tiene quien le ayude.

Rosendo conserva su máquina de escribir marca “Brother” desde hace 50 años y alrededor de su pequeño escritorio azul, se amontonan los niños cada vez que “tipea”, hipnotizados por la novedad del artefacto; ahí suele colgar también un cartoncito con la leyenda “Escribo a máquina”

Rosendo, con su camisa de estampado tropical, guarda la Biblia en uno de sus cajones, nos habla de Dios y cada pequeño beneficio se lo atribuye a él; inclusive notamos que en la redacción de sus cartas, sin importar qué caso sea, siempre tiene cabida una mención divina. Parece que al introducir aunque sea una línea de “la palabra del Señor” sobre el objeto escritural, se cerciora de que ese documento cumplirá su cometido en una suerte de vaticinio. En  su inventario de recuerdos abundan las epístolas que tienen que ver con el perdón y el agradecimiento. Por ejemplo, el de aquél hombre alcohólico que acudía a verlo para que le ayudara a escribir cartas de disculpas a su madre, debido a su constante deseo de beber.

Cuando le preguntamos por la historia de su vida, se quebró ante nosotros sin razón aparente, en menos de un instante. Rosendo lloró y dejó caer literalmente sus lágrimas sobre el papel bond. Nosotros sentimos también un nudo en la garganta, sin nunca saber exactamente porqué lloraba y porqué queríamos llorar con él. Después de un rato nos dijo que para él las lágrimas representan pura dignidad, y que las personas nunca alcanzaremos a comprender la fuerza que puede tener la sustancia de una lágrima. Los niños mulatos lo rodearon y nos quedamos callados, viendo cómo nos entregaba la carta que contenía el papel que “tipeaba” cuando cayeron sus lágrimas.  Parece habernos dejado el objeto como una  prueba del derecho al silencio mientras se llora.

Rosendo instaló su escritorio frente a las Oficinas del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (I.E.S.S) en donde además de escribir cartas de todo tipo, realiza desde hace más de 20 años los trámites de las personas que acuden diariamente a hacer el papeleo para la jubilación por vejez y la jubilación por invalidez. Él junto a una compañera que tendrá su misma edad y que es “escribana desde hace 8 años”, entrarán este sábado 6 de mayo del 2017 a La máquina de la soledad en Guayaquil. Les vamos a hacer un pequeño homenaje.

La máquina en la mitad del mundo. Quito y Guayaquil

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Foto de Nino Milone.tk

Nos hemos establecido durante un mes en Ecuador para dar laboratorios sobre el teatro de objetos documentales y otras formas animadas, a su vez que construimos una versión local de La máquina de la soledad. Hemos puesto en práctica todas nuestras nociones sobre la poética del mueble, recuperando viejos enseres ecuatorianos que se han vuelto co-presencias adentro de este entramado de historias de vida en torno al objeto-carta; historias que comienzan a desbordarse a estas alturas del trayecto.

Las activaciones de nuestro frankenstein postal ecuatoriano serán en:

QUITO. Casa Mitómana. Invernadero Cultural. Viernes 21, sábado 22 y domingo 23.

GUAYAQUIL.Viernes 5 y sábado 6 de mayo. Sala Zaruma del Teatro Sánchez Aguilar, a las 20h30 y 18h00, respectivamente. Las entradas estarán a la venta en las boleterías del teatro (y se pueden comprar on-line, dándole click al texto subrayado en otro color).

Gira Latinoamericana de La máquina de la soledad. Primera parada Colombia

Elisa

La llave está puesta. Mardonio la gira, y al abrir la caja ésta se despliega en dos apoyándose sobre el escritorio y formando ante su mirada una superficie suave y roja del tamaño de una carta. Cada mitad, a su vez, es una tapa que lleva a dos huecos íntimos donde están guardados los pliegos y los sobres grabados con sus iniciales, también un retrato, una estampita y la última carta de Elisa pendiente de respuesta. En la parte superior sobre una pequeña hendidura en la madera descansa la pluma y a ambos lados, sendos huecos para encajar dos tinteros chiquitos. Uno está vacío y alberga en el fondo un botón forrado de seda. En el otro un frasquito de cristal con fluido opaco. Lo toma en su mano y lo siente latir ahí dentro, esperando ascender a la punta de la pluma para deslizarse sobre la superficie porosa del papel, disolviéndose por fin, mudando este estado líquido de las emociones por el sólido de las palabras. Lo devuelve a su lugar delicadamente y descubre que en el lateral hay un cajoncito, libera el pasador de latón que lo  asegura y lo abre. Ahí está, lo tiene ante sí, es cierto entonces… escucha los pasos sobre la escalera y cierra rápidamente el cajón, pone el seguro, cierra la tapa, gira la llave y sigue ordenando el escritorio. Entra Manuel y saluda sonriente. Va hasta el escritorio, enciende el quemador de alcohol, calienta el lacre, saca un sobre de su bolsillo y lo sella con el relieve metálico de sus iniciales. Mardonio guarda la carta en el bolsillo interior de su abrigo y sale a la calle. Sus pasos lo dirigen como cada mañana hacia casa de Elisa. Cómo le gustaría aprender a escribir. Siente en el pecho el calor que todavía desprende el lacre del sobre.

Comienza la gira latinoamericana de La máquina de la soledad. Primera parada Colombia. Estaremos en Pliegues 2017. Plataforma de artes vivas y otras teatralidades. Bogotá del 4 al 12 de Abril.

LOS OBJETOS EPISTÉMICOS. Carta de Rubén Ortiz

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Foto de Dalia Huerta Cano

Shaday Larios y Jomi Oligor

Compañía Oligor y Microscopía

Presente

Queridos Shaday y Jomi:

Les escribo esperando se encuentren más descansados después de la gira mexicana de La máquina de la soledad (que a mí me tocó ver en julio, en el teatro El Galeón). Ha sido un largo recorrido desde que la feliz coincidencia de su encuentro dio el chispazo para juntar obsesiones y comenzaran los otros encuentros: los de las cartas, los de sus remitentes y destinatarios, los de las historias del pasado y los oídos del presente, el de ustedes con nosotros. Así, no dejo de pensar en la palabra “serendipia” y todo lo que su sonoridad implica: hallar lo que no se busca, buscar lo que no se sabe; como en el famoso capítulo de Rayuela, cuando Oliveira comienza a enderezar los clavos. La escena del tablón, sudorosa y leve, que deja abrir las revelaciones, que pone al cuerpo de Talita en el más desnudo equilibrismo. Así, ustedes, diría, han pactado con la serindipia, han negociado con su feliz azar para hacer que el tiempo quede fuera de su gozne y comience a decirnos lo que nadie sabe; lo que fue dicho para quedar preso en la tinta y el papel y que vuelve a nosotros a través de sus voces, de sus cuerpos y en la vida de los objetos. Objetos que, claro, no son ustedes quienes los animan, sino que ustedes nos muestran cuánto es que ellos nos animan a nosotros. Nos animan a callar y a decir; nos animan a tener esperanzas, a tirar lazos hacia lo desconocido, pero también a dar contención y guarida a nuestros ánimos.

Tengo una confesión que sólo es para ustedes y que me sobrevino a lo largo de la obra: cuando tenía 12 años me dio por la filatelia. No sé si decir “me dio” es demasiado poco o demasiado mucho. Quiero decir que en esos años ochenta, podías hacerte una colección de timbres postales de todo el mundo semanalmente, en el puesto de periódicos. Recuerdo con vigor la caja-archivo de plástico amarillo, los pequeños papeles engomados con los que podías pegar los timbres al álbum y, no sé por qué, sobre todo la pequeña lupa que vino desde la primera entrega. Viajé mucho a través de los timbres: vi animales en Madagascar o Etiopía, próceres en Latinoamérica y ruinas en Europa. No necesitaba futuro, jamás me prometí viajar a ninguno de esos países pues los timbres, los coloridos objetos con extrañas grafías me daban lo que quería: un mundo para mí.

Aunque, regresando a la serendipia, justo al día siguiente de estar en la obra, me topo con una referencia a los “objetos espistémicos” que casi me tira al suelo pues éstos “parecen tener la capacidad de desplegarse indefinidamente” y son como “cajones abiertos llenos de archivos que se extienden indefinidamente en la oscuridad de un armario”. Y saben dónde hallé la definición?, en una nota al pie! En uno de esos pequeños cajones de las cajas de texto que siempre vienen en letras pequeñas y son como lo que sobrevuela a Don Discurso, pero donde -como decía Margules de los enlaces de la puesta en escena: “se encuentra la ética de un director” (como en los escolios de la ídem de Spinoza!)- se juega el “secreto” del texto. Allí pues, al pie del gran libro de Reinaldo Laddaga (Estética de la emergencia) me encuentro con lo que dice Karen Knorr Cettina, una socióloga austriaca. Supongo que la conocen, supongo que saben lo que sigue, pero quiero respetar las reglas de las cartas y no lanzarme a comprobar si lo saben, preguntándoles en el correo electrónico. En fin, ella dice que estos objetos epistémicos son, digámoslo así, individuos no humanos, son lo que comúnmente llamamos objetos, pero el punto de la socióloga es llamar nuestra atención hacia ellos como “seres que experimentan, sienten, reflexionan y recuerdan”. De manera que nuestra relación con los objetos es una relación hacia los objetos y de regreso. Qué tal? Les suena?

Pero tengo más: saben que he pasado temporadas en San Luis, y que de alguna extraña manera las referencias que van apareciendo en la obra me pellizcan la memoria. Incluso, la referencia final (que no revelaré porque sabemos juntos de cuál se trata), me resulta importante porque allí se instala una pequeña feria de libros usados que hace mis alegrías de buscador de libros. Y miren a dónde llego: cartas y libros usados. Objetos que hablan, pero que dicen mucho más de lo que está escrito. Por ejemplo, siempre busco marcas del lector anterior, y así como ustedes construyen como dedicados joyeros las vidas animadas por las cartas, yo imagino las propias.

Pero, para seguir mi sendero, no puedo dejar de destacar los encuentros que en el trayecto han fincado con todas las escribanas y escribanos con quienes han compartido palabras de aire y tinta, y de quienes han escuchado sus historias y las historias por ellas escritas; encuentros mediados por las máquinas de escribir (tengo sobre éstas, otra historia, pero se las cuento en persona). Tendría sentido, además, detenerme en la calidez del espacio que han construido. Una madriguera para que los 45 invitados, podamos escucharlos contar los pormenores de su investigación, los deslices de la suerte, los alcances de su imaginación; pero además, para que ustedes nos escuchen el asombro, nos miren la risa y nos sientan el silencio interesado en la siguiente peripecia. Así, con la sencillez de la palabra cabal de Shaday y la audacia puntual de Jomi, que me ha sacado -sin querer, así, porque así es él- las mejores risas del año.

En fin, esto es una carta, no quiere ser un tratado, sino un cohete lanzado desde mi playa hasta el taller en que se encuentren, para agradecerles la porfía que mantienen porque nuestras ligeras existencias no queden desamuebladas, magras; su feliz empeño por dar un escenario a la poesía de los pequeños entes que hacen mundo con nosotros.

Ciudad de México, agosto de 2016.

* Esta carta se publicó originalmente en la revista mexicana LA TEMPESTAD en el número de septiembre del 2016

La carta como un acompañamiento colectivo. Iniciativa social-epistolar

Imagina que cumples 93 años y que más allá de la poca familia que pueda hacerte algo de caso, estás aislado, apartado del movimiento del mundo, por la inmovilidad física a la que te obliga el cuerpo, porque vives en un distante pueblo rural y porque hace tiempo que decidiste desconectarte, desentenderte de la complejidad de los actuales medios de comunicación.
Una de las cosas que más te gustaban, era recibir cartas pero claro, ya nadie te escribe, ya nadie lo hace.
El día que cumples 93 una extraña fuerza atraviesa la soledad y fractura la insoportable inmaterialidad de la memoria. Del día a la noche no paran de llegarte cartas, 50 para ser precisos, cartas dirigidas a ti, con poemas, con felicitaciones, con reflexiones de la vida, cartas de gente tanto cercana como desconocida.
Se reactiva una adrenalina física que quisieras detener en el tiempo, que quisieras que se quedara aquí mientras abres uno y otro sobre con el filo del cuchillo. La adrenalina de corroborar que alguien, dos, tres, 50 más, tuvieron por un momento su pensamiento puesto en ti.

Este gesto tramado, vuelto un desplome de cartas, contradice todo apartamiento social y hace emerger una alegría recuperada, productora de vitalidad.
La carta se vuelve un modo de acompañamiento colectivo.
Reaviva su singular función de acompañamiento.
Y vivimos el acompañamiento mediado por un objeto escritural.
Te acompaño con mi palabra desconocida pero sentida y lleno tu día de mi propio detenimiento.

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Manuel de Lea el día que cumplió 93 años

Esta iniciativa social-epistolar existe y la hemos conocido gracias a la carta que nos hizo una espectadora gallega, Lucía Guizán. No sabemos si todavía se lleva a cabo, pero se ha realizado más de una vez en Guitiriz, un poblado de Galicia de 5.500 habitantes, gracias a una idea conjunta de una asociación llamada Lareira de soños (“lareira” en castellano sería el lugar en donde antiguamente se hacía fuego para cocinar, en el suelo), junto con Nova Poesia Guitirica (NPG) y la Sra. Lupe Fernández. Una iniciativa escritural para felicitar a los mayores de 80 años por correo postal. El primero en recibir este regalo fue Manuel de Lea, quien justamente cumplía 93 años, quien para su aniversario recibió esas 50 cartas mencionadas. Se trata de una máquina de la soledad comunitaria que desteje la desolación en distintos grados, para hacer retornar en una escala aparentemente pequeña, el cuidado por los más grandes, e instaurar sin saber muy bien cómo, otras formas de potencialidad mediadas por el objeto-carta.

Gracias Luisa, por hacernos conocer esta iniciativa. Ojalá que nunca se termine, ojalá que pudiera replicarse en otros lugares. Las fotografías que acompañan este escrito, las hemos tomado de la página de Facebook de “Lareira de soños”: Os Vilares, lareira de soños

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Cartas a Sara de Roldán de 94 años

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La Convocatoria de Asociación Lareira de Soños, et.al

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