LA RED DE LAS (LOS) ESCRIBIENTES

Petra, la máquina de escribir de la escribana Lourdes Alva

La Sra. Lourdes Alva coloca el papel sobre Petra, el nombre que le ha dado a su máquina de escribir, una vieja Olimpia de color blanco; escribe una plegaria matutina que se queda ahí suspendida hasta que aparezca un cliente esporádico que le lleve a sustituir la hoja. Últimamente el rezo pasa días enteros detenido frente a los ojos de la escribana, quien ha levantado una catedral invisible sobre el cuerpo de la máquina. Pesa, Petra, pesa pero acompaña, testimonia, ha dado 72 años de comer.
El once de febrero del 2013 conocimos a Lourdes y a Petra, ambas llevan todo el tiempo señalado en el escritorio número 36 de la Plaza de Santo Domingo. Han visto cambiar el mundo, han visto la mudanza de la coreografía de las manos sobre objetos distintos que han servido para lo mismo: del tintero al bolígrafo de los caligrafistas, luego a la Oliver de los escribanos como ella, y ahora el paso a los que hoy en día prefieren una máquina eléctrica pero que después no han podido llegarle al precio de una computadora. Y es que, los soportales de Santo Domingo en el centro de la ciudad de México, se mantienen así, como un memorial de las obsolescencias escriturales. Nos cuenta Lourdes: “Por el año de 1960 todos los escribanos de este lugar, nos dedicábamos a escribir muchas cartas de amor, porque muchos de los enamorados no tenían el suficiente valor para enfrentarse a su amada y recurrían a una carta para poder expresar sus sentimientos hacia ella.” Lourdes heredó el oficio de su padre, porque las más de las veces este es un oficio de herencia, hay mecanógrafos de cuatro o tres generaciones sentados en sus viejos escritorios a lo largo de la arcada.

Lourdes y Petra fueron el principio de la máquina de la soledad. Con ellas recorrimos un par de estancias con conversatorios abiertos al público ¿Qué hay detrás de alguien que lleva 72 años escribiendo cartas por encargo? Lourdes teclea una y otra vez sus rezos sobre Petra, un objeto que se ha personalizado radicalmente en su vida, un bio-objeto entonces, una prótesis subjetiva, una extensión vibrátil de su biografía, nos sentamos en su escritorio y hablamos muchas, muchas veces desde esta su oficina abierta.

Collage de Lourdes

Algunos de los encuentros con la escribana Lourdes Alva

Más adelante, en otro escritorio, está otro protagonista de la máquina de la soledad, el Sr. José Edith González de 81 años. Lleva 48 años de escribano. Es defensor de derechos de la gente del campo. Lo vemos a lo lejos, atendiendo a la Sra. Chuy de Tepito que va sobre silla de ruedas, le ayuda a redactar una carta afectiva dirigida a los médicos. Fuimos a su casa a tomar café cuando estuvo enfermo. Sus dedos tiemblan cuando no están tecleando. Nos habla de libros, del arte de cronicar, de interceptar el silencio, del poder de inmiscuirse en la psique de los demás. Le regalamos un libro por vez, poemas, ensayos, y cuando nos volvemos a ver, nos los recita de memoria. Además de ser escribano es un escritor. Nos cuenta: “Más de 200 años de ejercer el oficio en el Portal de Santo Domingo. Inicialmente fueron los amanuenses (su manguillo, tinta, un lienzo de algodón para secar, un recipiente de agua). Escribían lo mismo que escribimos ahora, cartas de amor (y contra ellas), y toda la gama del epistolario. Siendo una organización gremial, siempre ha existido renuencia al cambio, ahora y antes nos apodaron “Los Evangelistas”. Escribanos es la otra función que desempañamos, el primer rango es sólo copiar de textos o escribir lo que nos dictan. Como escribanos, intervenimos en la redacción, ayudamos a analfabetas y a eruditos. El escribano resuelve problemas, hemos revertido dictámenes de locura (por ejemplo), para ello se requiere estar en plenitud emocional.” Para José Edith, las cartas son algo parecido a lo que de ellas pensaba Carlos Monsiváis: “un ensayo de la personalidad […] uno de los métodos culminantes de la construcción de la psicología individual.” José Edith se adentra en el instante en el que el sujeto desea pero calla. Resuelve ese inventario de lapsos con su máquina Hermes, la conclusión ética de ese acto de traducciones es la génesis de un nuevo objeto de papel. Tú te lo llevas, y cualquiera que sea su porvenir, José Edith irá para siempre ahí impreso, en cada uno de esos frágiles perímetros de destino transitorio.

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Algunos encuentros con el escribano José Edith González

Al paso de la máquina de la soledad por sus rutas, preguntamos por los y las escribientes en cada región. Cada vez son menos los que quedan. En los países en donde el analfabetismo y las condiciones precarias de la vida predominan, ellos resisten, tienen el trabajo asegurado. Son consejeros comunitarios, redactores de documentos oficiales, se saben todos los trucos de la burocracia. Así conocimos a la tercera protagonista de la máquina de la soledad, la Sra. Elvira Hernández de los portales de San Luis Potosí. Ella vino al estreno de la obra con toda su familia. El archivo de sus memorias es de los más amplios, colecciona vivencias en las que ha intervenido, para apoyar diversas causas con su don de redacción. Dice: “Soy una persona, que desde era chica he trabajado, nunca he dejado de hacerlo, benditos mis padres que me enseñaron a ganarme el pan que me como, a la edad de 17 años, llegué a trabajar aquí, a las máquinas de escribir.” Ella ha ayudado a muchos familiares de migrantes a escribir sus cartas, a gente de la tercera edad que ya no puede escribir, a mujeres que han padecido violencia doméstica, la gente acude con ella para subsanar con la confección de cartas, conflictos personales que le dan a su escritorio un aire de asequible consultorio terapéutico. Elvira nos sonríe, mientras descansa sus manos sobre el cuerpo de su máquina de escribir.

Collage Elvira

Encuentros con la escribana Elvira Hernández

Los (las) escribientes en devenir

Hemos iniciado una nueva etapa de la máquina de la soledad, en donde haremos resonancias, micro-redes del acto de ser escribana, escribano en otros contextos, principalmente en zonas de conflicto, sitios en los que habitan o transitan comunidades vulneradas. Estas acciones persiguen la indagación del objeto-carta como herramienta etnográfica, y del hecho ético escritural que entraña al escribiente para sondear en otros territorios afectivos. La primera de estas acciones se llevó a cabo en el Festival de la Bestia, encuentro artístico multidisciplinario para el migrante en tránsito en la sede de Las Patronas (Amatlán de los Reyes, Veracruz). Mujeres que durante más de 20 años han alimentado voluntariamente a los inmigrantes que viajan hacia Estados Unidos en el tren de la muerte. La acción fue realizada por Ángel Hernández y pronto publicaremos parte de la experiencia. Otra acción de escribiente en estado de emergencia, está por comenzar en varias comunidades alrededor de ciertas localidades de Colombia por parte de Francisco Arrieta.

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Ángel Hernández como escribano en la sede de Las Patronas durante el Festival de La Bestia. Foto cortesía del Festival de La Bestia

Escribanos de urgencia, escribanos que hacen observación participante, que recaban datos con autorización de los corresponsales. La subjetividad del escribiente empleada como estrategia para diagnosticar determinadas psicologías sociales, y la portatibilidad del escritorio y su praxis íntima y pública como performatividad.
Gracias a Francisco Arrieta hemos podido contactar vía carta con uno de los tantos escribientes de Medellín, en donde el oficio es aún vigente. El Sr. Hernán de Jesús Macías, iniciado en esta labor desde 1978. Nuestra idea es también generar una red de comunicaciones entre algunos escribanos veteranos, ponerlos en contacto para que dialoguen sobre sus oficios en puntos geográficos diversos. El Sr. Hernán de Jesús espera una carta del Sr. José Edith y viceversa, para abrir un sutil red de afecto escritural entre escribientes.

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El escribano de Medellín, Colombia, Hernán de Jesús Macías. Fotografía de Francisco Arrieta.

Un aspecto en el que concuerdan todos y todas las escribientes con los que hasta ahora hemos tenido contacto, es el sentirse satisfechos por servir y contribuir en algo con la hechura de sus cartas a la sociedad. Dice el Sr. Edith: “La sociedad nos moldea para que seamos útiles, nosotros somos temporales, estamos siempre al servicio de la sociedad.” Lourdes, Elvira y Hernán así lo reiteran, son servidores públicos, comunitarios, en atención constante a la ciudadanía que principalmente carece de recursos económicos. El Sr. José Edith se autodenomina “abogado de los pobres.” Nosotros seguimos la búsqueda, pronto abriremos una nueva categoría en este sitio para seguir el devenir de los escribientes que resuenan a la par de nuestro proyecto.
Nos gustaría que la máquina de la soledad se saliera de sí misma cada vez más.

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