Carta escrita en el aire

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Quería compartir una pequeña experiencia postal. Más bien se trata de una costumbre. Cuando viajo a menudo siento la necesidad de no regresar, de quedarme en el lugar hasta hacerlo mío, sus rincones, sus paisajes. Como hasta la fecha esto ha sido imposible -mi billete de avión siempre es de ida y vuelta-, desde hace años me envío una postal desde esa ciudad o aldea remota. Imagino que una parte de mí se ha quedado, libre, en Praga, en Buenos Aires, en la isla de Milos. Tiempo después de mi llegada (a veces transcurre mucho tiempo, hasta meses) recibo en mi buzón de Madrid la postal escrita por ese otra yo viajera. Leo con una sonrisa sus planes de futuro: Montar una obra de teatro negro en Praga, comprar una barca de pescador en Grecia, visitar la isla de Skye en Escocia… Y pienso “¡qué afortunada!”. De vez en cuando, pasados los años, pienso en esos fragmentos de mí misma que viajan por el mundo. Imagino la cotidianedad ya establecida, los cafés elegidos para escribir cada día, los sabores asimilados. Un día recibí en mi buzón, cinco años después de haber viajado a Estambul, una carta escrita en turco que aún no he conseguido descifrar. No tenía remite y creo que yo misma debí escribirla tras aprender el idioma. El papel olía a té de manzana.

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