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LOS OBJETOS EPISTÉMICOS. Carta de Rubén Ortiz

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Foto de Dalia Huerta Cano

Shaday Larios y Jomi Oligor

Compañía Oligor y Microscopía

Presente

Queridos Shaday y Jomi:

Les escribo esperando se encuentren más descansados después de la gira mexicana de La máquina de la soledad (que a mí me tocó ver en julio, en el teatro El Galeón). Ha sido un largo recorrido desde que la feliz coincidencia de su encuentro dio el chispazo para juntar obsesiones y comenzaran los otros encuentros: los de las cartas, los de sus remitentes y destinatarios, los de las historias del pasado y los oídos del presente, el de ustedes con nosotros. Así, no dejo de pensar en la palabra “serendipia” y todo lo que su sonoridad implica: hallar lo que no se busca, buscar lo que no se sabe; como en el famoso capítulo de Rayuela, cuando Oliveira comienza a enderezar los clavos. La escena del tablón, sudorosa y leve, que deja abrir las revelaciones, que pone al cuerpo de Talita en el más desnudo equilibrismo. Así, ustedes, diría, han pactado con la serindipia, han negociado con su feliz azar para hacer que el tiempo quede fuera de su gozne y comience a decirnos lo que nadie sabe; lo que fue dicho para quedar preso en la tinta y el papel y que vuelve a nosotros a través de sus voces, de sus cuerpos y en la vida de los objetos. Objetos que, claro, no son ustedes quienes los animan, sino que ustedes nos muestran cuánto es que ellos nos animan a nosotros. Nos animan a callar y a decir; nos animan a tener esperanzas, a tirar lazos hacia lo desconocido, pero también a dar contención y guarida a nuestros ánimos.

Tengo una confesión que sólo es para ustedes y que me sobrevino a lo largo de la obra: cuando tenía 12 años me dio por la filatelia. No sé si decir “me dio” es demasiado poco o demasiado mucho. Quiero decir que en esos años ochenta, podías hacerte una colección de timbres postales de todo el mundo semanalmente, en el puesto de periódicos. Recuerdo con vigor la caja-archivo de plástico amarillo, los pequeños papeles engomados con los que podías pegar los timbres al álbum y, no sé por qué, sobre todo la pequeña lupa que vino desde la primera entrega. Viajé mucho a través de los timbres: vi animales en Madagascar o Etiopía, próceres en Latinoamérica y ruinas en Europa. No necesitaba futuro, jamás me prometí viajar a ninguno de esos países pues los timbres, los coloridos objetos con extrañas grafías me daban lo que quería: un mundo para mí.

Aunque, regresando a la serendipia, justo al día siguiente de estar en la obra, me topo con una referencia a los “objetos espistémicos” que casi me tira al suelo pues éstos “parecen tener la capacidad de desplegarse indefinidamente” y son como “cajones abiertos llenos de archivos que se extienden indefinidamente en la oscuridad de un armario”. Y saben dónde hallé la definición?, en una nota al pie! En uno de esos pequeños cajones de las cajas de texto que siempre vienen en letras pequeñas y son como lo que sobrevuela a Don Discurso, pero donde -como decía Margules de los enlaces de la puesta en escena: “se encuentra la ética de un director” (como en los escolios de la ídem de Spinoza!)- se juega el “secreto” del texto. Allí pues, al pie del gran libro de Reinaldo Laddaga (Estética de la emergencia) me encuentro con lo que dice Karen Knorr Cettina, una socióloga austriaca. Supongo que la conocen, supongo que saben lo que sigue, pero quiero respetar las reglas de las cartas y no lanzarme a comprobar si lo saben, preguntándoles en el correo electrónico. En fin, ella dice que estos objetos epistémicos son, digámoslo así, individuos no humanos, son lo que comúnmente llamamos objetos, pero el punto de la socióloga es llamar nuestra atención hacia ellos como “seres que experimentan, sienten, reflexionan y recuerdan”. De manera que nuestra relación con los objetos es una relación hacia los objetos y de regreso. Qué tal? Les suena?

Pero tengo más: saben que he pasado temporadas en San Luis, y que de alguna extraña manera las referencias que van apareciendo en la obra me pellizcan la memoria. Incluso, la referencia final (que no revelaré porque sabemos juntos de cuál se trata), me resulta importante porque allí se instala una pequeña feria de libros usados que hace mis alegrías de buscador de libros. Y miren a dónde llego: cartas y libros usados. Objetos que hablan, pero que dicen mucho más de lo que está escrito. Por ejemplo, siempre busco marcas del lector anterior, y así como ustedes construyen como dedicados joyeros las vidas animadas por las cartas, yo imagino las propias.

Pero, para seguir mi sendero, no puedo dejar de destacar los encuentros que en el trayecto han fincado con todas las escribanas y escribanos con quienes han compartido palabras de aire y tinta, y de quienes han escuchado sus historias y las historias por ellas escritas; encuentros mediados por las máquinas de escribir (tengo sobre éstas, otra historia, pero se las cuento en persona). Tendría sentido, además, detenerme en la calidez del espacio que han construido. Una madriguera para que los 45 invitados, podamos escucharlos contar los pormenores de su investigación, los deslices de la suerte, los alcances de su imaginación; pero además, para que ustedes nos escuchen el asombro, nos miren la risa y nos sientan el silencio interesado en la siguiente peripecia. Así, con la sencillez de la palabra cabal de Shaday y la audacia puntual de Jomi, que me ha sacado -sin querer, así, porque así es él- las mejores risas del año.

En fin, esto es una carta, no quiere ser un tratado, sino un cohete lanzado desde mi playa hasta el taller en que se encuentren, para agradecerles la porfía que mantienen porque nuestras ligeras existencias no queden desamuebladas, magras; su feliz empeño por dar un escenario a la poesía de los pequeños entes que hacen mundo con nosotros.

Ciudad de México, agosto de 2016.

* Esta carta se publicó originalmente en la revista mexicana LA TEMPESTAD en el número de septiembre del 2016

La carta como un acompañamiento colectivo. Iniciativa social-epistolar

Imagina que cumples 93 años y que más allá de la poca familia que pueda hacerte algo de caso, estás aislado, apartado del movimiento del mundo, por la inmovilidad física a la que te obliga el cuerpo, porque vives en un distante pueblo rural y porque hace tiempo que decidiste desconectarte, desentenderte de la complejidad de los actuales medios de comunicación.
Una de las cosas que más te gustaban, era recibir cartas pero claro, ya nadie te escribe, ya nadie lo hace.
El día que cumples 93 una extraña fuerza atraviesa la soledad y fractura la insoportable inmaterialidad de la memoria. Del día a la noche no paran de llegarte cartas, 50 para ser precisos, cartas dirigidas a ti, con poemas, con felicitaciones, con reflexiones de la vida, cartas de gente tanto cercana como desconocida.
Se reactiva una adrenalina física que quisieras detener en el tiempo, que quisieras que se quedara aquí mientras abres uno y otro sobre con el filo del cuchillo. La adrenalina de corroborar que alguien, dos, tres, 50 más, tuvieron por un momento su pensamiento puesto en ti.

Este gesto tramado, vuelto un desplome de cartas, contradice todo apartamiento social y hace emerger una alegría recuperada, productora de vitalidad.
La carta se vuelve un modo de acompañamiento colectivo.
Reaviva su singular función de acompañamiento.
Y vivimos el acompañamiento mediado por un objeto escritural.
Te acompaño con mi palabra desconocida pero sentida y lleno tu día de mi propio detenimiento.

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Manuel de Lea el día que cumplió 93 años

Esta iniciativa social-epistolar existe y la hemos conocido gracias a la carta que nos hizo una espectadora gallega, Lucía Guizán. No sabemos si todavía se lleva a cabo, pero se ha realizado más de una vez en Guitiriz, un poblado de Galicia de 5.500 habitantes, gracias a una idea conjunta de una asociación llamada Lareira de soños (“lareira” en castellano sería el lugar en donde antiguamente se hacía fuego para cocinar, en el suelo), junto con Nova Poesia Guitirica (NPG) y la Sra. Lupe Fernández. Una iniciativa escritural para felicitar a los mayores de 80 años por correo postal. El primero en recibir este regalo fue Manuel de Lea, quien justamente cumplía 93 años, quien para su aniversario recibió esas 50 cartas mencionadas. Se trata de una máquina de la soledad comunitaria que desteje la desolación en distintos grados, para hacer retornar en una escala aparentemente pequeña, el cuidado por los más grandes, e instaurar sin saber muy bien cómo, otras formas de potencialidad mediadas por el objeto-carta.

Gracias Luisa, por hacernos conocer esta iniciativa. Ojalá que nunca se termine, ojalá que pudiera replicarse en otros lugares. Las fotografías que acompañan este escrito, las hemos tomado de la página de Facebook de “Lareira de soños”: Os Vilares, lareira de soños

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Cartas a Sara de Roldán de 94 años

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La Convocatoria de Asociación Lareira de Soños, et.al

Hay objetos que retornan en las cartas

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Jomi Oligor

Esta imagen nos llegó ayer en una carta. Nos fue devuelta después de 20 años de haber sido tomada.

En una extraña elipsis, hay objetos que insisten en retornar, aun cuando no sabías ni siquiera que existían. Por más que te desvíes, ellos te recordarán amablemente o bajo la violencia de su reaparición, en dónde estás, en dónde has estado.

Adentro de los sobres nos pasa eso, afuera de ellos nos pasa eso. Hermosas caligrafías -muchas veces ilegibles- nos confiesan sobre su razón de ser, y nos descubren los matices políticos que puede tener la intimidad, así encubierta, así enfundada, adentro de estas cavernas en extinción.

Las cartas de La máquina de la soledad mantienen su circulación. El encuentro se aviva bajo otra rítmica de las cosas. Gracias por hacer que objetos planos y plenos como éste, retornen a nosotros.

Flor y Urbano. Afectos y alfabeto morse

Urbano y Flor 2_FotorMaría Flor Martínez Caballer y Urbano Fernández Lazcano son un matrimonio de telegrafistas jubilados, que se conocieron en la Sala de Aparatos de Telégrafos de Madrid, en el edificio de Cibeles. Ambos son magníficos morsistas y hasta el día de hoy, recuerdan las claves de aquél código que ha sido el eje de sus vidas.
Flor Fernández es hija de este matrimonio, ella trabaja en Correos de España dentro de la sucursal de Valencia; Flor creció rodeada de los sonidos de este oficio, vueltos un acompañamiento cotidiano dentro de una casa de telegrafistas. Así lo escribe Flor:
“Somos una familia unida por el Alfabeto Morse, y que a lo largo de la vida de todos siempre estuvo presente el telégrafo. Para mis padres fue su vida y para nosotros, al principio, era algo como mágico. Cuando mi madre y mi padre en alguna comida se comunicaban por morse con la cuchara, para mi hermana y para mí, aquella especie de música de puntos y rayas que se convertían en palabras, nos parecía magia. Además nos permitió vivir en una familia con un oficio que generó independencia económica para mi madre, una alta autoestima y una amor enorme por sus profesiones.”
Transcribimos fragmentos de una entrevista que le hicimos a Urbano Fernández para La máquina de la Soledad.

Hijos, padres, abuelos del telégrafo.
“En total estuve 46 años trabajando, hasta enero del año 2000.
En mi vida el telégrafo lo significó todo. Y aquí hablo por mí y por mi mujer. Fuimos hijos del telégrafo casi desde que nacimos, luego hemos sido padres y abuelos del telégrafo.
Desde muy jóvenes empezamos a aprender el sistema morse para comunicarnos. Las mujeres no podían optar a las plazas cuando tenían más de 24 años, y las plazas eran muy reducidas así que empezaban a prepararse desde muy jóvenes.

Para nosotros significó, que sin haber tenido estudios superiores y con una escolarización muy precaria, podías tener acceso a un trabajo que estaba muy reconocido.
El casarme con una telegrafista fue un anécdota que me ha acompañado durante toda la vida. Luego ha habido miles de vivencias, desde las reivindicaciones salariales que hicimos durante los años del franquismo para tener un salario en función de las horas extras que nos pedían que hiciéramos, hasta cuando vi el primer difunto al llevar uno de mis primeros telegramas de pésame con 14 años, que quedé muy impresionado porque no había visto ninguna persona muerta antes.

Como empecé a trabajar en un pueblo con un importante puerto de mar al que llegaban muchos barcos de carga de carbón procedente de las minas de Asturias, pasaban por allí muchos marineros, y venía a menudo un capitán que siempre mandaba al llegar un telegrama a su familia diciendo que estaba bien. Entonces los telegramas se pagaban por palabras y había un mínimo de 4 y él se las ingeniaba para con sólo esas 4 palabras enviar su mensaje.

El día que más telegramas había durante todo el año era el día de San José para felicitar a los padres y a los José. Por esta razón a los telegramas los llamábamos universalmente, al menos en España “pp”, es decir, “pepes”.

En aquellos momentos la telegrafía era el sistema de comunicación más rápido pero como mínimo un telegrama tardaba de 8 a 10 horas en cruzar España, pues tenía que pasar por muchos enlaces hasta llegar al destino final, atravesando por los nudos de comunicaciones que había en aquel momento. Había telegramas que iban punto a punto, es decir, que iban directo dese una estación telegráfica a otra y esos eran más rápidos, pues no tenían enlaces intermedios.”

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El aparato en casa de Flor y Urbano

Intermediarios de la intimidad
“Desde el principio hacías un juramento del secreto de la correspondencia, y en la legislación telegráfica el secreto de la correspondencia era inviolable. A mí me preguntaban mucho en San Esteban algunas chicas por cuándo llegaba un barco determinado en el que estaba embarcado alguna chico que les gustaba. Nosotros normalmente lo sabíamos, porque había telegramas anunciando las llegadas entre los armadores y los consignatarios de los buques para que salieran los prácticos a buscarlos a la entrada de la ría, pero nosotros no podíamos decir nada, porque los textos de los telegramas eran secretos.

Llevabas una vida que a ti mismo te afectaba, cuando llevabas un telegrama después de un temporal que decía llegamos bien y cuando lo veía la familia que esperaba ansiosa esas palabras te recibían entre abrazos y alegría, era imposible que no te contagiaran de ese estado de ánimo. O como recibían los giros con dinero que les enviaban los maridos desde Barcelona que andaban como marinos por toda España.

También llevabas noticias malas y nosotros ya sabíamos lo que decía el telegrama pues los recibíamos y los preparábamos nosotros. Cuando era así y te preguntaban que decía el telegrama, normalmente decías que no sabias, que no lo habías leído y salías zumbando.”

La maquinaria viva
Flor y Urbano aún conservan un aparato, con el que hacen sonar de vez en cuando una transcripción, testigo de su “amor morsista.” El aparato férreo resiste como una reliquia de las telecomunicaciones, es una maquinaria que condensa el deseo primigenio de la premura y el acortamiento de distancias, es un aparato-raíz de la velocidad y la potencia del secreto. Todavía funciona, como funcionan algunas cuantas oficinas de telégrafos en el mundo, el artefacto sigue vivo para los Fernández Martínez, es un miembro especial que quizás sobreviva indefinidamente, dentro de esta familia originada por un cruce de destinos en la Sala de Aparatos.

El Buzón de Joana

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Cuando Joana Raja de 57 años, vino a vivir en su piso (departamento) en Barcelona, se encontró con que en la esquina habían colocado un buzón junto a un olivo, y su vez frente a un banco para que la gente se pudiera sentar. Desde hace 33 años ella ha visto la vida que ha llevado el buzón, que parece un jubilado más, entre todos los del barrio que se colocan a su alrededor en el sol o en la sombra, según la estación. Ese buzón ha sido para Joana una especie de entidad mágica en sus mejores años. Para ella ha llegado a representar un ser dotado de vitalidad: “anda, sé bueno y haz que me respondan”. Pero como el tema postal a decaído mucho, ella también lo ha ido abandonando. Aún así Joana “lo mima” -en sus palabras- y siempre que escribe una carta, como esta que nos ha mandado, lo alimenta.
Una vez, el buzón apareció con la ranura tapada por un cartón, no había ninguna nota aclaratoria. Al volver por la noche, el cartón ya no estaba. ¿Estaba el buzón inoperante o no? para salir de dudas, dejó un nota con sus datos dentro del buzón, con esta pregunta. Y ese mismo día encontró una nota del cartero en donde le decía que el contenedor de intimidades seguía activo. Este acto le hizo pensar que hay muchísima gente, que basa su sustento en el hecho de que nos sigamos escribiendo cartas. Un gran gremio depende del acto escritural masivo.
“Espero que no quiten nunca el buzón, aunque lo maltraten un poco”. Pues ahora su buzón está lleno de otras escrituras urbanas, graffitis; él ha sido testigo de tantos gestos, apariciones y desapariciones, y sigue ahí, erguido, amarillo, silencioso.
El padre de Joana se sentó junto al buzón y el olivo durante muchos años, hasta que el alzheimer le hizo olvidar todas las historias, se olvido de su familia y casi se olvidó de sí mismo; falleció de olvido. Este buzón y todos los buzones, quizás, nos sobrevivirán, quizás quedarán como una reliquia metálica erigida, que decora y acompaña, todos los tránsitos de la vida.
Joana no deja escapar la oportunidad para mandar una carta, y lanzarla como ella dice, “a su amado buzón”.

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La ciudad nuestra, el cuidado hacia los demás: Rafael y Aracely, el cartero y la escribana de Tampico

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Aracely Avilés y Rafael Zúñiga

Durante el paso de La Máquina de la Soledad por el puerto de Tampico, conocimos al cartero Rafael Zúñiga y a la escribana Aracely Avilés. Ambos pertenecen a esta ciudad, ubicada en uno de los estados que ha convivido con los golpes más duros del narcotráfico en México, movimiento que ha dejado un saldo de miles de desapariciones forzadas y asesinatos de personas inocentes.
Ambos son servidores públicos que utilizan el objeto-carta como medio de relación con su comunidad, lo mismo que son testigos de las modificaciones urbanas que acontecen constantemente en su entorno. Rafael camina o se transporta en motocicleta, y recorre las colonias diariamente desde hace 30 años. Araceli trabaja en su escritorio, ubicado en los arcos de la Plaza de la Libertad desde hace 20 años. Los dos son así observadores públicos, cientos de imágenes se han grabado en sus recuerdos, capaces de explicar los cambios urbanos, y con esto queremos decir también, los cambios afectivos y proxémicos entre la misma población; ellos son cronistas activos de las transformaciones de Tampico.

Rafael Zúñiga pertenece a una segunda generación de trabajadores de correos, su padre se jubiló después de 49 años de repartir cartas. Nos contó que no hay ninguna colonia en la ciudad que pueda considerarse realmente segura, y que la gente vive con una constante sospecha, ya nadie deja las puertas abiertas, como antes. Durante sus repartos, él ha sorteado varias balaceras, refugiándose en los negocios que en el momento le dan asilo. Cuando se escucha un disparo, todas las persianas metálicas comienzan a cerrarse, una a una. En medio del miedo, entregar esporádicamente una correspondencia personal a alguien, y poder observar su gesto de alegría, es un hecho de los más emotivos y entrañables que según sus palabras, puede haber dentro de su oficio. Así también, adentro del clima de la desconfianza, él representa una figura en la que todavía mucha gente se sostiene anímicamente. Aunque las cartas sean cada vez más escasas, ver pasar al cartero, escuchar su silbato y recibir su saludo, despierta en varios vecinos, un sentimiento de ilusión. Como si encarnara simbólicamente, la intimidad del objeto que entrega, aunque éste, permanezca ausente. Por ello, se considera un buen compañero de luto cuando es el caso. Alguna vez ha llegado a entregar las cartas a un cliente habitual, que de un día para otro, ya no está. Sin embargo hay una urgencia optimista en los últimos meses, Rafael percibe que la gente necesita recuperar la cotidianidad de la ciudad, salir, caminar con calma, convivir, volver a abrir las puertas. Y él cree que esto es lo que ahora ocurre. Por más violencia que se ejerza en el territorio, la ciudad es y seguirá siendo de los pobladores, y es así como emergen las maneras más ingeniosas para sobrevivir, aunque sea en el centro mismo del temor.

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El viejo silbato de Rafael y la Olivetti de Aracely (su guerrera, como la nombra)

Por su lado Aracely, heredó el oficio de escribana de su tío-abuelo, Don Julio, un escribano veterano de los portales de Tampico, en donde existían muchos escribientes, debido al carácter portuario de la ciudad. Nos habló de una película que se filmó en Tampico en 1948 con Humphrey Bogart, dirigida por John Huston, El tesoro de la sierra madre. En uno de los planos, puede verse en los portales a los escribanos vestidos elegantemente, con sus antiguas máquinas de escribir. Ella en sus 20 años de experiencia, ha visto desde su escritorio como han abierto y cerrado negocios alrededor, ha testimoniado varias tragedias. Al igual que Rafael, se sabe una figura pública de la intimidad y la confianza, a ella acuden muchas personas que necesitan ayuda para gestionar asuntos burocráticos, y también para desahogarse de sus problemas. Historias, dice Aracely, “como la de la señora Juana, una mujer de 81 años a quien sus hijos despojaron de su casa y terreno y acuden a nosotros pidiéndonos ayuda y guía, pues muchas veces no saben a donde ir y con quien hablar […] Había también un señor que fue marino y perteneció a la SEMAR, quien por años escribió cartas pidiendo se le diera su pensión. Y así mil historias más […] Las personas esperan que con las cartas que redactamos para ellos, sus problemas se resuelvan. Y es lo que nosotros a su vez deseamos. Pues aunque no lo queramos, nos involucramos en sus problemas.” Aracely habla de AMOR. A la escribana lo que la mantiene en su oficio, independientemente del sustento diario, es la posibilidad de poder ayudar a las personas. Lo hace por AMOR. En este cuidado por los demás, la acompaña su vieja Olivetti, a la que llama “la guerrera”, porque ha estado ahí en las buenas y en las malas. Nos cuenta: “En 20 años he vivido muchas experiencias en este oficio, he visto partir al más allá a compañeros de profesión, dejando sus lugares vacíos, pues nadie puede llenarlos, y que debido al mundo moderno en que vivimos, hemos pasado a ser obsoletos, aunque nos aferramos a no morir tan pronto, sé que nos queda cada vez menos tiempo. Pero el que quede, espero poder seguir ayudando a las personas que así lo soliciten, con el mismo amor y entusiasmo como hasta el día de hoy.” Y hemos de decir, que durante estos dos años que llevamos con la máquina de la soledad, nunca habíamos visto una escribana tan joven.

Rafael y Aracely asistieron con sus familias a la versión que hicimos de la máquina en Tampico, Tampico, papel avión, pues además formaron parte de esta pieza. Esto sucedió en La Guarda, teatro de las sombras, Teatro emergente en estado de ocupación (Teatro para el Fin del Mundo) en donde se preparan ya las dinámicas para el tercer aniversario de la desaparición de nuestros compañeros Fernando Landeros, Omar y Jefté.  Seguiremos agradecidos con Aracely, Rafael y al equipo de La Guarda por esta apertura hacia la máquina de la soledad, finalmente poder acceder a esta calidez humana, es lo mejor que para nosotros tiene este proyecto.

Fernando Landeros entre nosotros

Cartas encontradas. La historia de Javier

cartas de javierDesde que comenzamos este proyecto, hemos recibido por parte de amigos y espectadores, paquetes de cartas encontrados en mercados, rastros, lugares abandonados, etc. Sin darnos cuenta, nos hemos vuelto coleccionistas de documentos íntimos, de vidas narradas por sí mismas que revelan un cierto estado de las cosas, dentro de un territorio específico. Nos interesa recuperar lo que hay en algunas de ellas de “documentos históricos”, en el sentido de que son evidencias, testimonios de  aspectos culturales y socio-políticos que dan cuenta de fenómenos colectivos.

Por ejemplo, las que aparecen en la imagen,  son las cartas de Javier, un migrante mexicano a los Estados Unidos. En ellas, le narraba a su madre su vida en el otro lado, primero como campesino y después como empleado de la Ford, durante los años 60’s-70´s. Llegaron a nuestras manos por medio de un amigo que las encontró en un mercado. Entre los sobres había negativos de fotografías, el nombre de la madre escrito con una “Dymo”, documentos de la primaria de Javier y diez dólares que la madre atesoraba, envueltos en papel de plata. Intentamos localizar a algún pariente en las distintas direcciones escritas en los sobres, pero de momento no hay vestigio. Estas cartas evidencian el recorrido interior de un adolescente que migra, los distintos afectos por los que transita, que van de su primera ilusión de tener un trabajo cortando pepinos hasta su hastío laboral dentro de un típico modelo socioeconómico fordista. Los documentos muestran minuciosamente la metamorfosis de la esperanza, no sólo por la imposibilidad de escapar a la precarización, sino también por los detalles discriminatorios que vivió durante múltiples años, el protagonista de esta historia de vida.

A través del billete guardado en estas cartas, se atiende también a otra circunstancia. Era costumbre de los mexicanos que trabajaban en el extranjero, mandar remesas a sus parientes. Esta acción generó distintas redes de delincuencia por parte de algunos carteros mexicanos, quienes interceptaban la correspondencia que procedía principalmente de Estados Unidos en búsqueda de giros postales, cheques de pensión o billetes envueltos entre las cartas. Por ejemplo, durante el 2013, Correos de México denunció a un grupo de empleados en Ciudad Juárez, al hallar en casa de un cartero prófugo, toneladas de correspondencia abierta sin entregar en un lapso de diez años.

¿Por qué estas cartas terminarán en los rastros? ¿Y por qué estas cartas terminarán después en los muebles de la máquina de la soledad? Seguimos comprendiendo las fuerzas de estos movimientos, a la vez que las cartas parecen manifestarse en contra de su olvido.

Memoria de las 50 primeras activaciones

Se soñó, se imaginó y habló, se creó e iluminó, se mostró, se empacó, se estrenó, se envió, se cargó y descargó, se contempló, se rodó, fue y volvió….estas han sido las primeras 50 veces que activamos la máquina de la soledad y acaba ahora la primera parte de su gira. Todo descansa en la oscuridad de las cajitas, las mesillas, maletas, baúles y cajones, apilado en el taller.

En el camino aparecieron tesoros que se sumaron al inventario de esta pequeña nave para 48 pasajeros y dos tripulantes. Muchas historias de vida nos han regalado a nuestro paso, algunas todavía siguen llegando a través del correo a nuestro buzón. Un material sensible y de incalculable valor que irá poco a poco formando parte de nuestro archivo de memorias.

Gracias a quien asistió, a quien repitió, a quien escribió, a quien apostó a ciegas, a quien llamó o a quien contestó y nos acogió y muy especialmente a:

Iberescena y el TNT de Terrassa, a los escribanos Edit, Elvira y Lourdes, a Manuel y Elisa, a Javier y su mamá, a David y Anita, a Ivan Puig, a Marcela Armas, a David Continente, a Catalina Juárez, a Dalia Huerta y a Bindu, a Xabi Bobés, a Jordi Fondevila, a Jordá Ferré, a Iazua Larios, a Rober, a los Calandria, a Claudio y Charo, a Lirio y Martí, a Anselmo y María, a Cabo San Roque, al Rinoceronte Enamorado, a la Máquina de teatro y a todas las personas anónimas que de algún modo han acabado entre los cajones y cajitas de la máquina de la soledad.

Volverá a ponerse en marcha en Septiembre del 2015….hasta entonces!!

Proceso baja

PROCESO

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PARTIDA

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SAN LUIS POTOSÍ. EL RINOCERONTE ENAMORADO. AGOSTO 2014

Llegada a Europa Baja

LLEGADA AL SUR DE EUROPA

Terrasa Baja

TERRASSA. FESTIVAL TNT. SEPTIEMBRE 2014

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GIRONA. TEMPORADA ALTA. NOVIEMBRE 2014

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BURGOS. ESCENA ABIERTA. ENERO 2015

Tudela Baja

TUDELA. TEATRO DEL INSTITUTO. FEBRERO 2015

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BARCELONA. LA PEDRERA. NOVES ESCENES, NOVES MIRADES. FEBRERO 2015

Santiago Baja

SANTIAGO DE COMPOSTELA. ESCENAS DO CAMBIO. FEBRERO 2015

San Sebastián Baja

DONOSTI – SAN SEBASTIAN. DFERIA. MARZO 2015

Vigo Baja

VIGO. FESTIVAL ALT. MARZO 2015

Olot Baja

OLOT. TEATRE PRINCIPAL. ABRIL 2015

Lleida Baja

LLEIDA. TEATRE L´ESCORXADOR. ABRIL 2015

Pamplona Baja

IRUÑA-PAMPLONA. TEATRO GAYARRE. MAYO 2015

Lisboa 1 Baja

LISBOA. FESTIVAL INTERNACIONAL DE MARIONETAS E FORMAS ANIMADAS. MAYO 2015

Lisboa 2 Baja

LISBOA. FESTIVAL INTERNACIONAL DE MARIONETAS E FORMAS ANIMADAS. MAYO 2015

Granada Baja

GRANADA. FESTIVAL DE TEATRO DE OBJETOS. MAYO 2015

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FIN DE LA GIRA. JUNIO 2015

La resistencia de los objetos. “Cartas a María”

1492206_370837919762397_283844014521480417_oEn Granada conocimos a Maite García. Durante todo su exilio su abuelo Pedro escribió cartas a María, su abuela. Eran los años en los que finalizaba la Guerra Civil Española. La correspondencia estuvo oculta durante más de 70 años hasta que llegaron a sus manos. A través de las cartas, Maite siguió los pasos de su abuelo para recuperar el pasado silenciado de su familia. Esta historia se convirtió en un documental muy valioso, con una investigación muy aguda que retrata el pasado de lo que vivieron muchas familias durante esa guerra. Aquí una muestra:

La postal de Trinidad

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Iba escalando el Everest vestido con su traje de cartero y su cartera vacía. Recuerda que cuando estaba llegando a la cima se dio cuenta que lo único que había en el pico más alto del planeta era un buzón de Correos pintado de color blanco. Dice que le dio mucho gusto verlo, pues después de haber llegado hasta ahí, su primer impulso fue querer contárselo a alguien. Vio que su cartera estaba vacía y pensó en recoger toda la correspondencia que había en el buzón para repartirla abajo y cuando se iba a acercar abrir el buzón, se despertó. Nos contó que al otro día compró una postal y escribió en la parte de atrás el sueño para mandárselo a alguien, pero no se atrevió. Han pasado ya 37 años desde que lo escribiera y aún conserva la postal.

Conocimos a este cartero ya jubilado de la Ciudad de México, su nombre es Trinidad F. de 67 años de edad. Durante años ha asistido a la celebración conmemorativa que se lleva a cabo el 12 de noviembre (día del cartero) en la colonia Unión Postal del DF, México. Colonia en la que, entre otros aspectos vinculados al Correo,  hay un monumento al cartero. Trinidad nos contó este sueño y esta es la fotografía de su postal.

Con el relato de esta experiencia y la supervivencia del objeto como testigo de aquél instante en la vida de Trinidad, constatamos que La Máquina de la soledad tenía que ver con hacerle un homenaje al espacio desplegado por esos fragmentos matéricos. Fragmentos capaces de archivar los impulsos de un deseo de comunicarle a alguien más una profundidad específica de los sucesos.

Pensamos que nuestra máquina funciona sólo a través de la fuerza que generan estas materialidades que encarnan la vivencia.

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