LOS OBJETOS EPISTÉMICOS. Carta de Rubén Ortiz

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Foto de Dalia Huerta Cano

Shaday Larios y Jomi Oligor

Compañía Oligor y Microscopía

Presente

Queridos Shaday y Jomi:

Les escribo esperando se encuentren más descansados después de la gira mexicana de La máquina de la soledad (que a mí me tocó ver en julio, en el teatro El Galeón). Ha sido un largo recorrido desde que la feliz coincidencia de su encuentro dio el chispazo para juntar obsesiones y comenzaran los otros encuentros: los de las cartas, los de sus remitentes y destinatarios, los de las historias del pasado y los oídos del presente, el de ustedes con nosotros. Así, no dejo de pensar en la palabra “serendipia” y todo lo que su sonoridad implica: hallar lo que no se busca, buscar lo que no se sabe; como en el famoso capítulo de Rayuela, cuando Oliveira comienza a enderezar los clavos. La escena del tablón, sudorosa y leve, que deja abrir las revelaciones, que pone al cuerpo de Talita en el más desnudo equilibrismo. Así, ustedes, diría, han pactado con la serindipia, han negociado con su feliz azar para hacer que el tiempo quede fuera de su gozne y comience a decirnos lo que nadie sabe; lo que fue dicho para quedar preso en la tinta y el papel y que vuelve a nosotros a través de sus voces, de sus cuerpos y en la vida de los objetos. Objetos que, claro, no son ustedes quienes los animan, sino que ustedes nos muestran cuánto es que ellos nos animan a nosotros. Nos animan a callar y a decir; nos animan a tener esperanzas, a tirar lazos hacia lo desconocido, pero también a dar contención y guarida a nuestros ánimos.

Tengo una confesión que sólo es para ustedes y que me sobrevino a lo largo de la obra: cuando tenía 12 años me dio por la filatelia. No sé si decir “me dio” es demasiado poco o demasiado mucho. Quiero decir que en esos años ochenta, podías hacerte una colección de timbres postales de todo el mundo semanalmente, en el puesto de periódicos. Recuerdo con vigor la caja-archivo de plástico amarillo, los pequeños papeles engomados con los que podías pegar los timbres al álbum y, no sé por qué, sobre todo la pequeña lupa que vino desde la primera entrega. Viajé mucho a través de los timbres: vi animales en Madagascar o Etiopía, próceres en Latinoamérica y ruinas en Europa. No necesitaba futuro, jamás me prometí viajar a ninguno de esos países pues los timbres, los coloridos objetos con extrañas grafías me daban lo que quería: un mundo para mí.

Aunque, regresando a la serendipia, justo al día siguiente de estar en la obra, me topo con una referencia a los “objetos espistémicos” que casi me tira al suelo pues éstos “parecen tener la capacidad de desplegarse indefinidamente” y son como “cajones abiertos llenos de archivos que se extienden indefinidamente en la oscuridad de un armario”. Y saben dónde hallé la definición?, en una nota al pie! En uno de esos pequeños cajones de las cajas de texto que siempre vienen en letras pequeñas y son como lo que sobrevuela a Don Discurso, pero donde -como decía Margules de los enlaces de la puesta en escena: “se encuentra la ética de un director” (como en los escolios de la ídem de Spinoza!)- se juega el “secreto” del texto. Allí pues, al pie del gran libro de Reinaldo Laddaga (Estética de la emergencia) me encuentro con lo que dice Karen Knorr Cettina, una socióloga austriaca. Supongo que la conocen, supongo que saben lo que sigue, pero quiero respetar las reglas de las cartas y no lanzarme a comprobar si lo saben, preguntándoles en el correo electrónico. En fin, ella dice que estos objetos epistémicos son, digámoslo así, individuos no humanos, son lo que comúnmente llamamos objetos, pero el punto de la socióloga es llamar nuestra atención hacia ellos como “seres que experimentan, sienten, reflexionan y recuerdan”. De manera que nuestra relación con los objetos es una relación hacia los objetos y de regreso. Qué tal? Les suena?

Pero tengo más: saben que he pasado temporadas en San Luis, y que de alguna extraña manera las referencias que van apareciendo en la obra me pellizcan la memoria. Incluso, la referencia final (que no revelaré porque sabemos juntos de cuál se trata), me resulta importante porque allí se instala una pequeña feria de libros usados que hace mis alegrías de buscador de libros. Y miren a dónde llego: cartas y libros usados. Objetos que hablan, pero que dicen mucho más de lo que está escrito. Por ejemplo, siempre busco marcas del lector anterior, y así como ustedes construyen como dedicados joyeros las vidas animadas por las cartas, yo imagino las propias.

Pero, para seguir mi sendero, no puedo dejar de destacar los encuentros que en el trayecto han fincado con todas las escribanas y escribanos con quienes han compartido palabras de aire y tinta, y de quienes han escuchado sus historias y las historias por ellas escritas; encuentros mediados por las máquinas de escribir (tengo sobre éstas, otra historia, pero se las cuento en persona). Tendría sentido, además, detenerme en la calidez del espacio que han construido. Una madriguera para que los 45 invitados, podamos escucharlos contar los pormenores de su investigación, los deslices de la suerte, los alcances de su imaginación; pero además, para que ustedes nos escuchen el asombro, nos miren la risa y nos sientan el silencio interesado en la siguiente peripecia. Así, con la sencillez de la palabra cabal de Shaday y la audacia puntual de Jomi, que me ha sacado -sin querer, así, porque así es él- las mejores risas del año.

En fin, esto es una carta, no quiere ser un tratado, sino un cohete lanzado desde mi playa hasta el taller en que se encuentren, para agradecerles la porfía que mantienen porque nuestras ligeras existencias no queden desamuebladas, magras; su feliz empeño por dar un escenario a la poesía de los pequeños entes que hacen mundo con nosotros.

Ciudad de México, agosto de 2016.

* Esta carta se publicó originalmente en la revista mexicana LA TEMPESTAD en el número de septiembre del 2016

Carta abierta desde Granada

_MG_3134©ALIPIOPADILHARespuesta a Carta abierta de Lucía recibida desde Granada.

Querida Lucía,

Nos encantaría poder sentarnos como tú en esa grada precaria y entregarnos como lo hiciste a esa historia frágil que se despliega poco a poco de las mesillas entreabiertas, los cajones, los compartimentos secretos, las maletas y cajas de la máquina de la soledad, que bonito debe ser entrar en ese mundo de luz tan tenue y escuchar de la mano de ellos dos esas historias verídicas y mágicas…quizá algún día podamos salir de este lado del espejo y asistir pero por ahora, como sabes, habitamos aquí, de este lado de los sobres, de este lado de los pliegos.

Gracias por tu carta, ya está en una de nuestras cajitas, ya forma parte de la maquinaria que gira.

Un fuerte abrazo

Jomi y Shaday

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