La ciudad nuestra, el cuidado hacia los demás: Rafael y Aracely, el cartero y la escribana de Tampico

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Aracely Avilés y Rafael Zúñiga

Durante el paso de La Máquina de la Soledad por el puerto de Tampico, conocimos al cartero Rafael Zúñiga y a la escribana Aracely Avilés. Ambos pertenecen a esta ciudad, ubicada en uno de los estados que ha convivido con los golpes más duros del narcotráfico en México, movimiento que ha dejado un saldo de miles de desapariciones forzadas y asesinatos de personas inocentes.
Ambos son servidores públicos que utilizan el objeto-carta como medio de relación con su comunidad, lo mismo que son testigos de las modificaciones urbanas que acontecen constantemente en su entorno. Rafael camina o se transporta en motocicleta, y recorre las colonias diariamente desde hace 30 años. Araceli trabaja en su escritorio, ubicado en los arcos de la Plaza de la Libertad desde hace 20 años. Los dos son así observadores públicos, cientos de imágenes se han grabado en sus recuerdos, capaces de explicar los cambios urbanos, y con esto queremos decir también, los cambios afectivos y proxémicos entre la misma población; ellos son cronistas activos de las transformaciones de Tampico.

Rafael Zúñiga pertenece a una segunda generación de trabajadores de correos, su padre se jubiló después de 49 años de repartir cartas. Nos contó que no hay ninguna colonia en la ciudad que pueda considerarse realmente segura, y que la gente vive con una constante sospecha, ya nadie deja las puertas abiertas, como antes. Durante sus repartos, él ha sorteado varias balaceras, refugiándose en los negocios que en el momento le dan asilo. Cuando se escucha un disparo, todas las persianas metálicas comienzan a cerrarse, una a una. En medio del miedo, entregar esporádicamente una correspondencia personal a alguien, y poder observar su gesto de alegría, es un hecho de los más emotivos y entrañables que según sus palabras, puede haber dentro de su oficio. Así también, adentro del clima de la desconfianza, él representa una figura en la que todavía mucha gente se sostiene anímicamente. Aunque las cartas sean cada vez más escasas, ver pasar al cartero, escuchar su silbato y recibir su saludo, despierta en varios vecinos, un sentimiento de ilusión. Como si encarnara simbólicamente, la intimidad del objeto que entrega, aunque éste, permanezca ausente. Por ello, se considera un buen compañero de luto cuando es el caso. Alguna vez ha llegado a entregar las cartas a un cliente habitual, que de un día para otro, ya no está. Sin embargo hay una urgencia optimista en los últimos meses, Rafael percibe que la gente necesita recuperar la cotidianidad de la ciudad, salir, caminar con calma, convivir, volver a abrir las puertas. Y él cree que esto es lo que ahora ocurre. Por más violencia que se ejerza en el territorio, la ciudad es y seguirá siendo de los pobladores, y es así como emergen las maneras más ingeniosas para sobrevivir, aunque sea en el centro mismo del temor.

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El viejo silbato de Rafael y la Olivetti de Aracely (su guerrera, como la nombra)

Por su lado Aracely, heredó el oficio de escribana de su tío-abuelo, Don Julio, un escribano veterano de los portales de Tampico, en donde existían muchos escribientes, debido al carácter portuario de la ciudad. Nos habló de una película que se filmó en Tampico en 1948 con Humphrey Bogart, dirigida por John Huston, El tesoro de la sierra madre. En uno de los planos, puede verse en los portales a los escribanos vestidos elegantemente, con sus antiguas máquinas de escribir. Ella en sus 20 años de experiencia, ha visto desde su escritorio como han abierto y cerrado negocios alrededor, ha testimoniado varias tragedias. Al igual que Rafael, se sabe una figura pública de la intimidad y la confianza, a ella acuden muchas personas que necesitan ayuda para gestionar asuntos burocráticos, y también para desahogarse de sus problemas. Historias, dice Aracely, “como la de la señora Juana, una mujer de 81 años a quien sus hijos despojaron de su casa y terreno y acuden a nosotros pidiéndonos ayuda y guía, pues muchas veces no saben a donde ir y con quien hablar […] Había también un señor que fue marino y perteneció a la SEMAR, quien por años escribió cartas pidiendo se le diera su pensión. Y así mil historias más […] Las personas esperan que con las cartas que redactamos para ellos, sus problemas se resuelvan. Y es lo que nosotros a su vez deseamos. Pues aunque no lo queramos, nos involucramos en sus problemas.” Aracely habla de AMOR. A la escribana lo que la mantiene en su oficio, independientemente del sustento diario, es la posibilidad de poder ayudar a las personas. Lo hace por AMOR. En este cuidado por los demás, la acompaña su vieja Olivetti, a la que llama “la guerrera”, porque ha estado ahí en las buenas y en las malas. Nos cuenta: “En 20 años he vivido muchas experiencias en este oficio, he visto partir al más allá a compañeros de profesión, dejando sus lugares vacíos, pues nadie puede llenarlos, y que debido al mundo moderno en que vivimos, hemos pasado a ser obsoletos, aunque nos aferramos a no morir tan pronto, sé que nos queda cada vez menos tiempo. Pero el que quede, espero poder seguir ayudando a las personas que así lo soliciten, con el mismo amor y entusiasmo como hasta el día de hoy.” Y hemos de decir, que durante estos dos años que llevamos con la máquina de la soledad, nunca habíamos visto una escribana tan joven.

Rafael y Aracely asistieron con sus familias a la versión que hicimos de la máquina en Tampico, Tampico, papel avión, pues además formaron parte de esta pieza. Esto sucedió en La Guarda, teatro de las sombras, Teatro emergente en estado de ocupación (Teatro para el Fin del Mundo) en donde se preparan ya las dinámicas para el tercer aniversario de la desaparición de nuestros compañeros Fernando Landeros, Omar y Jefté.  Seguiremos agradecidos con Aracely, Rafael y al equipo de La Guarda por esta apertura hacia la máquina de la soledad, finalmente poder acceder a esta calidez humana, es lo mejor que para nosotros tiene este proyecto.

Fernando Landeros entre nosotros

La postal de Trinidad

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Iba escalando el Everest vestido con su traje de cartero y su cartera vacía. Recuerda que cuando estaba llegando a la cima se dio cuenta que lo único que había en el pico más alto del planeta era un buzón de Correos pintado de color blanco. Dice que le dio mucho gusto verlo, pues después de haber llegado hasta ahí, su primer impulso fue querer contárselo a alguien. Vio que su cartera estaba vacía y pensó en recoger toda la correspondencia que había en el buzón para repartirla abajo y cuando se iba a acercar abrir el buzón, se despertó. Nos contó que al otro día compró una postal y escribió en la parte de atrás el sueño para mandárselo a alguien, pero no se atrevió. Han pasado ya 37 años desde que lo escribiera y aún conserva la postal.

Conocimos a este cartero ya jubilado de la Ciudad de México, su nombre es Trinidad F. de 67 años de edad. Durante años ha asistido a la celebración conmemorativa que se lleva a cabo el 12 de noviembre (día del cartero) en la colonia Unión Postal del DF, México. Colonia en la que, entre otros aspectos vinculados al Correo,  hay un monumento al cartero. Trinidad nos contó este sueño y esta es la fotografía de su postal.

Con el relato de esta experiencia y la supervivencia del objeto como testigo de aquél instante en la vida de Trinidad, constatamos que La Máquina de la soledad tenía que ver con hacerle un homenaje al espacio desplegado por esos fragmentos matéricos. Fragmentos capaces de archivar los impulsos de un deseo de comunicarle a alguien más una profundidad específica de los sucesos.

Pensamos que nuestra máquina funciona sólo a través de la fuerza que generan estas materialidades que encarnan la vivencia.

HISTORIAS DE VIDA. Carteros rurales y telegrafistas de Galicia/Notas sobre el teatro de objetos documental

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Desde hace dos años que comenzamos con este proyecto, hemos sido partícipes de cómo cada objeto-carta en el que trabajamos, nos abre la perspectiva hacia múltiples campos afectivos e históricos. En el teatro de objetos documental, llegamos a experimentar una especie de microsociología que nos hace trazar de forma instintiva un tránsito. El que va del objeto hacia la búsqueda de los sujetos que lo rodean. El objeto-carta, se nos sugiere como una  presencia espectral a ser revelada con toda su fuerza en el presente de nuestro teatro. Entidad espectral que ha sido tocada, producida, trasladada, soñada, deseada, capitalizada por varias historias de vida, en distintas magnitudes y coordenadas.

Tomamos una cita de Tadeusz Kantor  acerca del Correo: “EL CORREO es un lugar excepcional, donde están suspendidas las leyes vitales de la utilidad. Los objetos -cartas, paquetes, bultos, envoltorios, sacos y todo su contenido existen durante cierto tiempo independientemente sin propietario, sin lugar de pertenencia, sin función,  casi en el vacío, entre el remitente y el destinatario, donde uno y otro están impotentes,  sin significación, privados de sus prerrogativas. Es un momento poco común en que el objeto escapa a su suerte.”[1] Los objetos-cartas que hacen la máquina de la soledad son cronotopos suspendidos que han llegado a nosotros, o nosotros hemos llegado a ellos, a partir de su acontecer en esa zona de vacío que menciona Kantor. En ese espacio de suspenso en el que localizamos al objeto,  éste nos insinúa itinerarios pretéritos y futuros. Rutas que en la medida de lo posible, se convierten en uno de los fines de nuestras indagaciones. Así, completamos de alguna forma, el historial de puntos de existencia recorrida que media entre su presencia matérica y la nuestra. El objeto-carta recuperado es una máquina del tiempo, un atlas de dimensiones imprevisibles y ante todo, en nuestro caso, un causante de relaciones políticas y sociales.

Desde que llegamos a España con La Máquina de la Soledad, hemos sido muy bien recibidos por los trabajadores de Correos, un encuentro que emergió sin nosotros buscarlo. Las cartas nos llevaron a ellos y a ellos les trajeron a nosotros. Hemos sido encausados a tramitar encuentros con carteros y telegrafistas jubilados, a partir de la fuerza de nuestros objetos reunidos. Y debido a la necesidad de las personas (incluidos nosotros), por intercambiar relatos sobre un oficio que aparentemente se extingue. Observamos que un elemento en aparente extinción, al ser narrado se detiene, se restaura, queda encarnado entre los testigos. Nosotros procuramos ser una Sociedad Protectora de Objetos en Extinción. SPOE. Por consiguiente protegemos algo de las personas que tienen que ver de una u otra forma con esos objetos. Por ello, una parte fundamental de nuestro proceso, ha sido el contacto con las Historias de Vida de las personas que dedican su esfuerzo a trasladar y cuidar del objeto-carta. Esos seres que han estado presentes desde el origen de las relaciones geopolíticas más arcaicas, y que sin su presencia -que suele ser omitida en los libros tradicionales de Historia- ningún acontecimiento hubiera sido posible. Estos libros nos cuentan los sucesos como dados por hechos, sin tomar en cuenta que el viaje de la información contenida en un sobre, tuvo que ser hecha por la misión y la responsabilidad de un sujeto, en ese entonces un “correo”. No sabemos nada de sus biografías. En cambio, los carteros suelen ser cronistas espontáneos de los tejidos intersubjetivos que hacen a un territorio concreto. Son figuras distinguidas en las localidades como lo han sido los maestros, los alcaldes o los párrocos.

bicicleta de cartero rural

Hace unos días, nos reunimos en Santiago de Compostela con varios trabajadores y trabajadoras de Correos de España, como parte de una actividad que organizamos dentro del Festival Escenas Do Cambio 2015. Uno de ellos es el señor Manuel López Méndez, telegrafista jubilado con 54 años de servicio. Nosotros teníamos un telegrama guardado en uno de nuestros buzones, y él lo tomó entre sus manos como quien abraza a un viejo conocido. Ahí estaba la tecnología prehistórica del  Small Messagge Service (SMS), en ese trozo de material (papel copiable), que además es una partitura de sonidos que ya casi nadie sabe leer.

telegrafista

A la derecha Manuel López Méndez

El señor Manuel hizo sonar para nosotros con sus manos, el sonido cifrado oculto en las palabras telegráficas (podría confundirse con un taconeao flamenco como se puede apreciar en el video).

Explicó cómo los telegrafistas son personas que guardan un enorme repertorio de secretos, que bajo un ritual, juran guardar consigo para siempre. Hay ritmo en la re-lectura sonora de todos esos objetos-telegrama. También estaba el cartero jubilado José Rodríguez Losado, quien entre otros cargos, trabajó durante un tiempo como ambulante en los trenes de Correos, cuando había vagones ferroviarios. Los primeros de ellos se denominaron “oficinas postales móviles”.

interior de un vagón ferroviario

Y si en Canadá los carteros rurales ya han desaparecido, en Galicia eso sería impensable, debido a las condiciones de las tierras, plenas de aldeas dispersas. En esas zonas intrincadas, incomunicadas y a veces lejanas, los carteros y las carteras son presencias que superan por mucho su misión de entregar objetos. Son receptores de las emociones de sus clientes, son acompañantes de soledades, lectores de la gente que no sabe leer, grandes depósitos humanos de la confianza comunal. Una de las carteras, Loli Iglesias recordó como había un anciano que siempre la esperaba en una esquina para que lo llevara al bar, y cuando terminaba el reparto, allí la esperaba de nuevo, un poco más contento para que lo llevara de regreso a casa. Una persona convertida en carta de ida y vuelta. En las aldeas, las casas no tienen numeraciones y a veces tampoco las calles nombres, ni buzones, así que es normal encontrar curiosos contenedores para las cartas, como la lavadora, cajas de cartón, aprovechar la altura de los árboles, etc. De ahí que al cartero urbano que vaya a sustituir a un cartero rural, le tome más de un mes aprenderse las rutas y direcciones.

Es verdad que cada vez más, se está re-definiendo el oficio del cartero. Pero en España, en donde hay una Ley bajo la cual se ha recortado en un mucho por ciento al personal de Correos, existen localidades en donde la gente se manifiesta fuertemente porque no quieren que desaparezca su cartero, su cartera. Ni tampoco aceptan la idea de que haya buzones comunitarios, en lugar de una persona de confianza que lleve y recoja las cartas.

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Nosotros seguiremos reuniéndonos con el personal de Correos, para continuar transcribiendo sus historias, para escucharlos, para que ellos se escuchen entre ellos (algo que notamos les es muy necesario), para contarles las historias de los otros que hemos acumulado en nuestros diarios. No sabemos qué documento terminará emergiendo de estas prácticas, ni hasta dónde nos llevará el objeto-carta, pero nos dejamos llevar por esta microsociología matérica, que estudia las relaciones de los objetos postales con sus trayectos afectivos y cartográficos. Sus relaciones con las personas que los rodean ¡Y nos quedan muchas ciudades todavía!

Esto no hubiese sido posible sin la labor desinteresada de Charo Calvo del Departamento de Comunicación de Correos de Santiago de Compostela, y de Antonio Aguilar, del mismo departamento en Barcelona, gracias.

[1] El teatro de la Muerte, trad. Graciela Isnardi, Ediciones de la Flor, Argentina, pp.70-71.

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