Flor y Urbano. Afectos y alfabeto morse

Urbano y Flor 2_FotorMaría Flor Martínez Caballer y Urbano Fernández Lazcano son un matrimonio de telegrafistas jubilados, que se conocieron en la Sala de Aparatos de Telégrafos de Madrid, en el edificio de Cibeles. Ambos son magníficos morsistas y hasta el día de hoy, recuerdan las claves de aquél código que ha sido el eje de sus vidas.
Flor Fernández es hija de este matrimonio, ella trabaja en Correos de España dentro de la sucursal de Valencia; Flor creció rodeada de los sonidos de este oficio, vueltos un acompañamiento cotidiano dentro de una casa de telegrafistas. Así lo escribe Flor:
“Somos una familia unida por el Alfabeto Morse, y que a lo largo de la vida de todos siempre estuvo presente el telégrafo. Para mis padres fue su vida y para nosotros, al principio, era algo como mágico. Cuando mi madre y mi padre en alguna comida se comunicaban por morse con la cuchara, para mi hermana y para mí, aquella especie de música de puntos y rayas que se convertían en palabras, nos parecía magia. Además nos permitió vivir en una familia con un oficio que generó independencia económica para mi madre, una alta autoestima y una amor enorme por sus profesiones.”
Transcribimos fragmentos de una entrevista que le hicimos a Urbano Fernández para La máquina de la Soledad.

Hijos, padres, abuelos del telégrafo.
“En total estuve 46 años trabajando, hasta enero del año 2000.
En mi vida el telégrafo lo significó todo. Y aquí hablo por mí y por mi mujer. Fuimos hijos del telégrafo casi desde que nacimos, luego hemos sido padres y abuelos del telégrafo.
Desde muy jóvenes empezamos a aprender el sistema morse para comunicarnos. Las mujeres no podían optar a las plazas cuando tenían más de 24 años, y las plazas eran muy reducidas así que empezaban a prepararse desde muy jóvenes.

Para nosotros significó, que sin haber tenido estudios superiores y con una escolarización muy precaria, podías tener acceso a un trabajo que estaba muy reconocido.
El casarme con una telegrafista fue un anécdota que me ha acompañado durante toda la vida. Luego ha habido miles de vivencias, desde las reivindicaciones salariales que hicimos durante los años del franquismo para tener un salario en función de las horas extras que nos pedían que hiciéramos, hasta cuando vi el primer difunto al llevar uno de mis primeros telegramas de pésame con 14 años, que quedé muy impresionado porque no había visto ninguna persona muerta antes.

Como empecé a trabajar en un pueblo con un importante puerto de mar al que llegaban muchos barcos de carga de carbón procedente de las minas de Asturias, pasaban por allí muchos marineros, y venía a menudo un capitán que siempre mandaba al llegar un telegrama a su familia diciendo que estaba bien. Entonces los telegramas se pagaban por palabras y había un mínimo de 4 y él se las ingeniaba para con sólo esas 4 palabras enviar su mensaje.

El día que más telegramas había durante todo el año era el día de San José para felicitar a los padres y a los José. Por esta razón a los telegramas los llamábamos universalmente, al menos en España “pp”, es decir, “pepes”.

En aquellos momentos la telegrafía era el sistema de comunicación más rápido pero como mínimo un telegrama tardaba de 8 a 10 horas en cruzar España, pues tenía que pasar por muchos enlaces hasta llegar al destino final, atravesando por los nudos de comunicaciones que había en aquel momento. Había telegramas que iban punto a punto, es decir, que iban directo dese una estación telegráfica a otra y esos eran más rápidos, pues no tenían enlaces intermedios.”

telégrefo

El aparato en casa de Flor y Urbano

Intermediarios de la intimidad
“Desde el principio hacías un juramento del secreto de la correspondencia, y en la legislación telegráfica el secreto de la correspondencia era inviolable. A mí me preguntaban mucho en San Esteban algunas chicas por cuándo llegaba un barco determinado en el que estaba embarcado alguna chico que les gustaba. Nosotros normalmente lo sabíamos, porque había telegramas anunciando las llegadas entre los armadores y los consignatarios de los buques para que salieran los prácticos a buscarlos a la entrada de la ría, pero nosotros no podíamos decir nada, porque los textos de los telegramas eran secretos.

Llevabas una vida que a ti mismo te afectaba, cuando llevabas un telegrama después de un temporal que decía llegamos bien y cuando lo veía la familia que esperaba ansiosa esas palabras te recibían entre abrazos y alegría, era imposible que no te contagiaran de ese estado de ánimo. O como recibían los giros con dinero que les enviaban los maridos desde Barcelona que andaban como marinos por toda España.

También llevabas noticias malas y nosotros ya sabíamos lo que decía el telegrama pues los recibíamos y los preparábamos nosotros. Cuando era así y te preguntaban que decía el telegrama, normalmente decías que no sabias, que no lo habías leído y salías zumbando.”

La maquinaria viva
Flor y Urbano aún conservan un aparato, con el que hacen sonar de vez en cuando una transcripción, testigo de su “amor morsista.” El aparato férreo resiste como una reliquia de las telecomunicaciones, es una maquinaria que condensa el deseo primigenio de la premura y el acortamiento de distancias, es un aparato-raíz de la velocidad y la potencia del secreto. Todavía funciona, como funcionan algunas cuantas oficinas de telégrafos en el mundo, el artefacto sigue vivo para los Fernández Martínez, es un miembro especial que quizás sobreviva indefinidamente, dentro de esta familia originada por un cruce de destinos en la Sala de Aparatos.

Una respuesta a Flor y Urbano. Afectos y alfabeto morse

  1. ENCARNA GONZALEZ CUEVAS

    Tengo la suerte de conocerlos y ademas de ser TELEGRAFISTAS son las personas mas dulces y tiernas que he conocido,
    Gracias a la vida por encontrarme con gente como ellos, un beso grande para los dos.

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