Hasta pronto Sr. Edith

Habían pasado 6 meses desde nuestra última partida.
Y fuimos a buscar al Sr. José Edith González a su escritorio de escribano.
El mismo de toda la vida, frente al arco de siempre desde hace 51 años.
Él solía guardarlo en una de las tantas imprentas que circundan la plaza.
Últimamente, estaba adentro su máquina verde,
la Hermes que era de su amigo el Dr.,
la que prometió no dejar de usar hasta que la rompiera el tiempo,
la que ya no conoció la época dorada de la escritura de cartas por encargo,
como sí lo hicieron otras tantas,
como incluso aquella en la que solía hacer el trabajo “en negro”
que firmaba un periodista de un periódico famoso,
y unas cuantas que vimos cuando nos invitó a tomar café de olla
en su minúscula casa en Iztapalapa.
Una vecindad-laberinto y ante el comedor,
otra máquina sentada como un familiar más,
que al subirse convertía el mueble en escritorio,
ahí se quedaba él pasando las horas y las hambres,
la resistencia a los reclamos familiares por la precariedad económica,
acrósticos, poemas, sus ocultas iniciativas literarias,
tipear, teclear, dentro y fuera de casa,
ninguna otra cosa, tipear, teclear,
nació para ser escribano,
para destilar vacíos en cartas,
nació para eso sí,
tome Sr. Edith le trajimos “La Suave Patria”,
luego en él el poemario se hizo cuerpo,
de memoria cada palabra de López Velarde,
Navegaré por las olas civiles con remos que no pesan
-y le dimos éste porque usted escribe como así-
Suave Patria, vendedora de chía
¿qué le pasa porqué lleva el libro entre el estómago y el pantalón?
Porque se me cae -nos dice- y no encuentra cinturón mejor,
y después verlo a punto de soltar las lágrimas
cuando le dimos una placa de conmemoración a su trabajo,
ahora sí -nos decía- para que mis nietas lo vean,
que seguir dándole a máquina merece la pena,
siempre ha valido la pena.

Lo fuimos a buscar a su escritorio con otro libro
y ya no estaba,
y no volvería ya más, dijeron,
ya hacía un mes, dijeron,
gracias Sr. Edith por todo lo que le ha dado a La Máquina de la Soledad y a nosotros,
por su cultura y su confianza,
por su amistad y su compromiso,
todos aquí en el Portal guardarán muy adentro su memoria,
y sus letras estarán repartidas todavía por muchos puntos distantes,
los campesinos que ayudó en los juzgados le estarán siempre agradecidos,
buen viaje estimado abogado de los pobres,
(como usted se decía a sí mismo)
aquí seguiremos dándole nombre a su vida, cada una de las noches.

Placa conmemorativa de parte de “La máquina de la soledad” el escribano José Edith Gonzáles de los Portales de Santo Domingo tras las 100 activaciones de nuestro teatro de objetos documentales

Responder a Hasta pronto Sr. Edith

Responder

HTML básico está permitido. Tu email no será publicado.