Micropaisajes documentales de Bogotá

Activar La máquina de la soledad en Bogotá dentro de la Red de Artes Vivas 2017 (Despliegues) intensificó en muchos sentidos el proceso de nuestro teatro de objetos documentales. Por un lado, dada la imposibilidad de viajar con todo lo que conlleva nuestra pieza, decidimos emprender una adaptación in si tu de las poéticas del mueble en las que solemos condensar las memorias postales; y por el otro, trabajamos con un grupo de 20 estudiantes de artes escénicas de la Universidad Pedagógica Nacional de Bogotá en la búsqueda de historias locales relacionadas con el objeto-carta. Esta modalidad de práctica colectiva y emergente le dio otra fuerza al dispositivo objetal. Durante dos semanas operamos una red de movimientos para agilizar un trabajo de campo en la ciudad. Nos dedicamos a buscar muebles usados en bodegas de barrios lejanos y a reconstruir con ellos una nueva disposición del archivo escénico, mientras nos reuníamos con cuatro grupos distintos de colaboradores-estudiantes que eligieron a su vez líneas investigativas distintas: escribanos, carteros, historias de correspondencias encontradas, historias personales con las cartas, cartas abiertas.

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Reconstrucción

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Estudiantes de la Universidad Pedagógica Nacional de Bogotá

Decidimos trabajar junto con ellos en el concepto de micropaisaje documental, condensando los datos que cada grupo había encontrado en un micro-espacio, una suerte de “caja paisajística” que lo representara y que pudiera integrarse a La máquina de la soledad en su versión bogotana. Uno de los grupos se encontró con el escribano amanuense Don Óscar Montero en el mercado de pulgas “San Alejo”; gracias a su iniciativa conocimos algo de la historia de vida de este singular escritor de cartas y acrósticos. Un hombre que suele ir caracterizado con su sombrero de escribano, su pluma, su capa y que es ya una figura clásica de tal entorno urbano dominical. Ahí suele colocar su gran escritorio y se hace rodear de todos sus papeles que nos muestran su minuciosa caligrafía. Los estudiantes lo entrevistaron en un café y así supimos un poco de qué modo se movilizan sus sensaciones al escribir como si fuera otra persona, como él decía, a veces su trabajo consiste en hacer una especie de caracterización escritural de alguien que no se es. Don Óscar asistió a ver La máquina de la soledad y ahí los estudiantes le regalaron frente al público el micropaisaje que recreaba su espacio de escritura en miniatura, como un homenaje a su trabajo y sus años en el oficio.

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Don Óscar con los estudiantes y su micropaisaje. Foto de Ninomilone.tk

Otro de los grupos decidió trabajar sobre la idea del “archivo muerto” o “cementerio de cartas” (el lugar a donde van las cartas que nunca llegan a sus destinatarios y que no son recuperadas por sus autores), debido a que un filatelista al que entrevistaron les prestó una carta que nunca fue entregada a su destinatario, quedándose también sin dueño. Se trataba de la carta de un joven migrante colombiano que en la década de los sesenta se había ido a trabajar a Estados Unidos y en la que narraba lo mal que le iban las cosas. Aunaban esta historia a un relato del escritor colombiano Gabriel García Márquez “El cartero llama mil veces. Una visita al cementerio de cartas”. Con estos elementos construyeron una pequeña oficina de cartas abandonadas adentro de un buzón, y a un lado se colocaba la carta prestada.

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Cementerio de cartas adentro de un buzón. Foto de Ninomilone.tk

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Cementerio de cartas adentro de un buzón. Foto de Ninomilone.tk

Los otros dos grupos se entregaron a vivencias más personales. Uno se dedicó a recuperar la memoria de las primeras cartas que se escriben en la infancia, las cartas a los Reyes Magos o “papá Noel”; crearon un micro-espacio con juguetes, objetos y fotografías que tenían que ver con esas escrituras. Las 6 chicas restantes le escribieron cartas abiertas a las casas más importantes de su infancia e hicieron un micropaisaje con una casa de juguete y varios restos, escombros de casas bogotanas abandonadas. Tuvieron esta idea porque en una de sus derivas por el mercado de pulgas, se encontraron con una serie de fotografías antiguas que retrataba distintos momentos de una misma casa bogotana. Al final la gente podía recorrer las instalaciones de La máquina de la soledad como si fuera un museo reducido y precario y así observar de cerca estos trabajos acoplados a los que conforman el resto de la pieza.

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Micropaisaje de cartas de la infancia. Foto de Ninomilone.tk

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Micropaisaje de cartas abiertas a las casas bogotanas. Foto de Ninomilone.tk

Con la creación casi colectiva de estos diminutos lugares cargados de afectos, impulsados por nuestras reflexiones hacia el objeto-carta, pudimos entender en algo cómo la máquina puede llegar a constituirse como un sitio de encuentro dentro de sus límites, un dispositivo que provoca agenciamientos diversos del hecho escritural y que trasciende su ser espacio de representación para consolidarse como “mecanismo autopoiético” (como ya algunas veces nos lo han señalado). Esto es, maquinaria que muta y se re-activa con cada nueva retroalimentación local.  Gracias a todas y todos los estudiantes colombianos, tan plenos de sentido crítico, tan comprometidos con la realidad política de su país y además con mucha fe en las posibilidades que tienen las artes escénicas y las experiencias performativas como catalizadores de la transformación social. Y por supuesto, gracias a las organizadoras (Claudia, Miguel Ángel, Melisa, Eloísa, Zoitsa, Alejandro,  y Sofía) de la plataforma Red de Artes Vivas por permitirnos tener esta profunda vivencia.

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